|
II
Memorial de poetas palentinos
Jesús
Castañón Díaz: vida y poesía
María
Ángeles Rodríguez Arango
Texto
de la intervención en el II Memorial de poetas palentinos.
Club de Amigos de Alemania. Salón de Actos de la Diputación
de Palencia, 19 de noviembre de 1993.
Jesús
Castañón Díaz nace en La Casanueva (Moreda
de Aller) el 21 de febrero de 1928, de familia minera. Su padre
trabaja durante cuarenta y seis años en la Hullera Asturiana.
El entorno minero quedará grabado en su memoria y con el
tiempo surgirá el libro titulado Romances de grisú.
Por
enfermedad de la madre, relacionada con el postparto, vivió
durante un tiempo con la tía Rosa, hermana de su abuela,
en la aldea de Los Bustios, situada en la ladera norte de la Cordillera
Cantábrica. Mantuvo siempre con ella una gran relación
afectiva porque, según su testimonio, era muy cariñosa
y comunicativa. Sabía muchas leyendas, refranes, cuentos
o historias que le contaba al niño camino del molino, de
la iglesia o del monte, o bien al lado del fuego en las noches largas
del invierno. Contrastaba con su marido el tío Pedro, forzudo,
más primitivo, casi un titán de grandes madreñas,
hechas por él mismo, con clavos que hacían oír
sus pisadas a lo lejos.
Allí
se encariñó mucho con las personas y los animales,
pasaba horas viendo moler el trigo o se ensimismaba viendo las truchas
en el agua o los pájaros en sus nidos. Jugaba con los animales
domésticos: las vacas, especialmente la Cereza -que debía
su nombre al color rojizo y que se la comieron a escondidas durante
la guerra-, la yegua Morica -porque era negra-, el ternero Careto
o el perro Pastor, al que recuerda en el último poema de
Marea de retorno y en Pirueta blanca hace a la niña jugar
con él:
Entre la brisa
de la alameda
cuatro muñecos
cantan y juegan:
Pedrito el oso,
Yonila la negra,
Pastor el perro,
tú, mi princesa.
Transformará
los objetos cotidianos en los juguetes correspondientes. En la tercera
edición de Romances de grisú incluye el poema:
Por Los Bustios, la lechuza.
Y por Los Tornos, la nieve ( ... )
( ... ) Una tabla, mi escopeta.
Mi caballo, un ramo verde.
Las
evocaciones de su infancia las traslada al mundo de la hija:
Abeja y mariposa
siempre en tu juego,
jugarás con la luna
del arroyuelo.
Con el perro y la nieve
con tu pandero ( ... )
( ... ) Con los niños y niñas
de todo el pueblo.
Continuó
pasando con los tíos muchas vacaciones y por este motivo
le cogió la guerra en el pueblo de tan pocos vecinos. La
oleada de odios y fusilamientos que había en toda la cuenca
minera también alcanzaba, aunque en menor proporción,
a estos lugares y presenció con sus ocho años escenas
espeluznantes. Vió cómo uno de sus tíos, de
veinte años, fue capaz de burlar a un pelotón que
le venía a "buscar", lanzándose por la cordillera
en desesperada huída. Durante varios días la tia y
el niño rastrean grandes extensiones sin encontrar pista
alguna. El joven había alcanzado un refugio increíble
y desde allí habría de pasar más tarde al frente,
superando obstáculos invencibles para quien no conociese
de ese modo el monte. Pero los registros en la casa y en la habitación
del niño se suceden una y otra vez. Desde este momento, se
identifica con el hombre acorralado, solitario o angustiado que
aparecerá en sus libros. La guerra, la desolación
y la muerte serán temas que afloran una y otra vez junto
al mundo del trabajo duro que todo hombre ha de vencer.
De
los once años a los quince, estuvo interno con los Padres
Dominicos en Corias (Cangas de Narcea) y luego continúa sus
estudios en el Instituto Alfonso II de Oviedo.
Unos
amigos y familiares le animan a realizar estudios de practicante,
título que obtiene en la Facultad de Medicina de Valladolid
el año 1947. De 1947 a 1950 hace el servicio militar en Valladolid,
destinado en el Hospital Militar. A continuación trabaja
un tiempo corto como practicante civil en Lastres, pueblecito de
la costa asturiana del que consevó siempre gratos recuerdos,
sobre todo de las relaciones con los pescadores, con la patrona
que se esmeraba en afinar precios y con el médico don Pedro
Villarta a quien evoca en un poema de Marea de retorno, en endecasílabos
blancos sin rima:
Silbaba contra el viento del Cantábrico
sus suaves cancioncillas en la noche,
ya viejas cantinelas toledanas
o sones populares, aprendidos
a fuerza de subir las escaleras
de un puerto marinero de mi Asturias
con cientos de marinos y de enfermos.
Llevaba medio siglo allí arraigado,
con su fonendo a cuestas y su boina.
Era como un abuelo que ya había
visto nacer a todos los vecinos.
Conocía a los buenos pescadores
y a los que hablaban más de lo debido
y tenía un Citröen pobre y viejo,
que jamás arrancaba a la primera.
Cuando murió no quiso panteones,
sino una tumba humilde junto al pueblo,
al lado de los viejos pescadores,
cuyas bronquitis crónicas curaba.
Después -así es la vida- le pusieron
su nombre y una lápida a una calle.
Y yo llevé conmigo a mis tres hijos
para aprender esta lección de hombría.
Efectivamente,
hemos estado presentes en el acto del descubrimiento de la lápida
en septiembre de 1972, quedó muy emocionado y escribió
este poema.
También
evoca el puerto de Lastres en el poema titulado "Puerto del
Norte", con la llegada de las barcas, el movimiento de la rula,
las voces de las sardineras que venden pescado, el olor del chicarro
y las fábricas, las charlas de los viejos pescadores que
añoran los tiempos en que realizaban las mismas faenas y
viejos lobos de mar que evocan pasadas aventuras camino de la taberna.
Enfrente, el mar impasible y ajeno a cuanto ocurre en aquellas casitas
aglomeradas junto al agua.
Tiene
otros muchos poemas dedicados a los amigos, a los que admiraba por
uno u otro motivo, casi siempre por su dedicación al trabajo
y al servicio de los demás.
Hay
poemas a los amigos jóvenes en Marea de retorno, Pliego de
descargo y Tierra de lontananzas.
Algunos os moristéis cuando eráis unos niños,
dejándonos un poso de imborrable amargura
con los labios quemados y el sabor aún caliente
de vuestra risa joven, ya para siempre helada (...)
(...) Durante años hemos soñado con vosotros.
Después la vida puso a todos diques nuevos
y no hubo más remedio que ir arrinconándoos.
Hay
composiciones dedicadas a la madre cuyos primeros versos hizo grabar
en la lápida de su enterramiento en Moreda, el año
1976, y lo mismo hace con su padre en 1983.
Toda
su obra está directamente relacionada con el entorno y las
vivencias ocurridas a lo largo de su trayectoria vital. El poeta
vive intensamente los hechos y los mantiene en la memoria para hacerlos
surgir de nuevo en un momento dado, transformados en materia poética.
Posee ese mágico poder de la realidad y el ensueño
para ver y amar lo cotidiano. Estimula a los lectores para que tomen
conciencia de los trabajos y afanes de los seres humanos, especialmente
de los más humildes, por sobrevivir.
Aunque
el misterio poético es inalcanzable, debemos intentar aclarar
lo que sabemos o sospechamos para acercarnos a su modo de ver el
mundo. Jesús Castañón nos ha dejado aclaraciones
por escrito en tres ocasiones:
a)
cinco presencias, introducción a un recital realizado en
los Sábados poéticos de la Casa de Cultura de Palencia,
el 3 de febrero de 1968.
b)
Trayectoria y sentido de mi silencio, publicado enPalencia en 1969
por Gráficas Diario-Día.
c)
Introducción a un recital, en la Casa de Cultura de Palencia
en 1974, que formaba parte del ciclo "Chequeo a Palencia".
A
sus confesiones escritas, procuraré añadir recuerdos,
anécdotas o confesiones orales.
Comienza
la carrera de Filosofía y Letras en Oviedo, donde realiza
los dos cursos comunes. Se traslada a Madrid para hacer la especialidad
de Filología Románica, a la vez que estudia en la
Escuela Oficial de Periodismo, que por aquellos años dirigía
don Juan Aparicio. Termina ambas carreras el año 1957. En
este último curso coincidimos de nuevo en las aulas de la
Universidad Complutense, donde yo asistía a algunas clases
de doctorado.
Comienza
ejerciendo la enseñanza privada y mientras prepara oposiciones
de Instituto, en los momentos de mayor esfuerzo intelectual, escribe
Romances de grisú, embargado de emoción con el recuerdo
de su tierra (Moreda) y de sus gentes que por aquellos años
sufría una grave crisis laboral. Solía escribir y
guardar borradores para darles luego forma definitiva de libro.
A la vez compensaba el trabajo monótono del estudio. Lo mismo
hace con la última de sus publicaciones, Tierra de lontananzas,
que la escribe en Valladolid mientras intenta superar las obsesiones
ocasionadas por los graves problemas profesionales planteados con
el cambio de planes de estudio. Esta compensación niveladora
a los problemnas cotidianos también se da en otros libros,
nacidos al calor de la añoranza, la soledad, el tedio o el
cansancio de los viajes.
Romances
de grisú significa su identificación con la mina y
los mineros. Es un canto a la tierra que le vió nacer, a
las gentes que en ella viven y sus formas de subsistencia graves
y duras. Está dentro de la corriente de literatura social
de los años sesenta, pero con voz muy personal. Refleja profunda
sensibilidad social con un sentido de colectividad igualitaria,
elevando a los humildes: mineros y trabajadores en general. Lo mismo
hará más tarde con los agosteros, los jornaleros del
campo o los emigrantes.
En
este libro declara sus raíces mineras una y otra vez, desde
los últimos versos del poema que abre el libro:
Yo también llevo carbón y dinamita en las venas
hasta
el que encabeza los "Nuevos romances":
En mi breve copla
te diré quién soy.
De la mina vengo
y a la mina voy.
Así
como las montañas mineras están vacías y frías
por dentro, también las gentes sienten el vacío de
la vida y las penas les acongojan aunque tengan a gala no manifestarlas
jamás. Para ahuyentar penas, cantan en el trabajo y en el
camino, beben bulliciosamente en la taberna, gastan ruidosamente
el dinero, pero en el fondo flota la posible tragedia que les acecha.
Sólo en estos instantes se callan totalmente y para continuar
han de animarse con vino. Invitan al joven rampero a que haga lo
mismo mientras siguen acompasadamente su trabajo o escuchan a lo
lejos los disparos de dinamita.
Toma un campano, rampero.
Este vino es el cordón
que te unirá al universo (...)
(...) ¡Cómo resuenan disparos
de dinamita a lo lejos!
Toma un campano,
rampero.
El
sonido del trabajo es rítmico, suenan los zuecos, las palabrotas,
los martillos, la garlopa, el compresor, las vagonetas... Y también
las canciones. Por fin, estalla en estruendo la oleada del grisú
en la mina y el silencio lo inunda todo. Ya no hay canto, ni sidra,
ni broma, nada.
Cuando
los mineros acuden al turno de la noche por senderos nevados, a
la luz de la luna, unos lobos les siguen. La muerte será
más fiera con ellos, no llegarán vivos a la mañana
siguiente.
¡Qué
gran silencio cuando sube la "jaula" con los cadáveres!
El pozo y el pueblo se enlutan, las esquelas con los nombres colocadas
en los postes de la luz estremecen a los paseantes. Algunos supervivientes
se salvan por sus artes, trepando por lugares inverosímiles
de las galerías y saliendo a la superficie por los coladeros
o respiraderos que tenía la antigua mina. Lo más trágico
es quedar atrapados. si consiguen escapar, lo hacen aunque sea a
costa de amputaciones. Es el caso de Francisco Suárez García,
fuerte, altivo, decidido y vivaz, con canas y boina, fumando en
pipa por el pueblo con aires de héroe popular.
También
ha visto con mucho amor a los silicosos que, heridos de muerte,
van cayendo en otoño e invierno a causa del frío.
Ante nuestros ojos desfilan en la mina todas las categorías
profesionales, de modo especial el rampero, que es llamado "guaje,
pimpollo, grillo, gamo" por su juventud y sus aspiraciones
a ser picador en su plenitud vital.
En
la primera edición se centraba en el mundo del trabajo, desde
la segunda (1962), aparecen las gentes del entorno y algunas profesiones
femeninas: lavanderas de carbón, aguadoras -que repartían
agua con botijos-, madres que acunan a sus niños mientras
sueñan que pronto serán ramperos, carboneras que repartían
a domicilio el carbón concedido por la empresa a los mineros
-ayudadas por un burro sufrido, explotado y quemado en una escombrera
que dió origen al poema "Antípoda de todos los
Plateros-.
También
se fija en las charlas camino del Economato, que ocupan una jornada:
Economato.
Charla y más charla.
El río sigue
canta que canta:
Pasan las mulas:
larga reata.
Las dos mujeres
charla que charla.
Pasan mineros:
negra mirada.
Las tres mujeres
charla que charla.
Fin de jornada.
A la cadera
sus manos anchas,
cuatro mujeres
charla que charla.
La
lectura de varios poemas de este libro en el Instituto Príncipe
de Asturias, de Aller, dentro de las II Jornadas (1986), levantaron
mucho entusiasmo y las anécdotas que los habían motivado
ocasionaban gran emoción. Los alumnos pensaban que el autor
había trabajado dentro de la mina. Aunque la conocía
muy bien no había llegado a desempeñar ningún
trabajo en ella, como su padre, tíos y otros familiares.
El bisabuelo Miguel, el tío Miguel del Campo, que era uno
de los diez vecinos que componían Moreda en 1880,era dueño
de los prados y montes que la compañía minera le fue
comprando y expropiando, mientras incorporaba a los familiares al
trabajo de la empresa.
Los
profesores de Literatura del citado Instituto, José Antonio
de Lillo y Alejandro Antolín, presentaron un estudio con
datos inéditos -a base de una encuesta que le habían
venido a hacer a Palencia-. Contaban cómo de niño
iba con su madre a llevar la comida y con unos diez años
observaba el relevo en la lampistería y el trajinar de los
mineros. Su padre trabajaba entonces como carpintero en la plaza
(espacio delantero de la bocamina). Antes había sido entibador
y en 1940, pasó como enfermero al Sanatorio que tenía
la empresa en Bustiello hasta su jubilación en 1960.
En
la posguerra las minas necesitaban mano de obra y gentes de otras
regiones se incorporaban alojándose en los albergues de la
empresa,por lo que recibían el nombre genérico de
alberganos. El poema titulado "El albergano" recoge los
esfuerzos del recién llegado de lejanas tierras andaluzas
para aclimatarse en su nuevo habitat, con el que nunca se identificará
totalmente.
Orgullo de hombre
me ató a esta tierra.
Tus galerías,
en mi solera.
Asturianadas,
por peteneras.
Para mortaja,
las vagonetas.
Y por campanas
quiero sirenas.
Canta la sidra.
La plata suena.
Asturias verde.
Cuenca minera.
Andalucía
lejos navega.
Sus
recuerdos y raíces están en otra parte, muy alejada
de cuanto le rodea.
Albergano
ha pasado a significar emigrante, en general. Por los años
sesenta y setenta los alleranos que emigraban a Bélgica o
Alemania se llamaban entre sí alberganos.
El
mismo canto al emigrante perdura en libros posteriores. Cuando nos
instalamos en Palencia el año 1962, recién casados,
el Plan Tierra de Campos inunda de grandes esperanzas a las gentes
de la zona, que poco a poco van a ir apagándose y comienza
un considerable éxodo hacia los países de Centroeuropa.
Así
veremos en Elegía del páramo a los emigrantes dispuestos
a emprender el vuelo, como las golondrinas al final del verano para
sus nuevas tierras, dejando atrás los recuerdos, las raíces
y el pueblo, algunas veces bajo las aguas de un pantano. Por eso
dice:
No me quitéis los pájaros que quedan
volando noche y día sobre el páramo.
No me quitéis las flores, arraigadas
con dulce obstinación entre las piedras.
No me robéis el ocre de los surcos
ni la paz interior de cada ocaso.
No me arranquéis del alma los majuelos,
ni el canto del milano entre las zarzas.
La
nostalgia crece y los presentimientos de soledad, desarragio y olvido
embargan su ánimo:
Y cómo se marcharon, de qué forma
perdieron sus andares para siempre,
perdieron sus canciones y sus voces,
que absorbieron de noche los trigales.
Frente
a esta desolación, frente al abandono de los pueblos aparece
un resquicio esperanzado y surge el canto al trabajo solidario:
Todos al mismo ritmo:
los pies descalzos,
todos pisando los racimos.
Todas las manos, todas
segando iguales campos:
todas, todas las manos.
Que con el ritmo nuevo
crezca la espiga, el canto
y el mosto de cada pueblo.
También
canta a la tierra parda y ve a las gentes como Cristos que sufren
la injusticia, el trabajo extenuante o la extrema pobreza:
Hay Cristos como espadas, verticales,
clavados en la tierra castellana,
sedientos de justicia como chopos,
coronados de espigas y sarmientos.
Y Cristos como galgos, alargados,
los morros abrasados por el viento,
la carne macerada de canales
existentes tan solo en las maquetas.
Y Cristos como niños, somnolientos,
dormidos en el musgo de las criptas,
que esperan un redoble de tambores
para salir un día de sus tumbas.
Y Cristos ganapanes, descarnados,
labrados con sudor en las canteras,
duros como estas torres de Castilla,
historia en carne viva escrita en piedra.
No
pudo haber llevado a cabo mayor identificación con el paisaje
interiorizándolo, y con sus gentes trabajadoras, sencillas
y generosas a quienes exalta en los trabajos más rudos. Quizá
uno de los poemas más significativos sea la definición
que hace de los agosteros, perfilados en el horizonte como si fuesen
siluetas doloridas bajo el implacable sol castellano:
Espaldas curvadas
y afiladas hoces.
En todas las manos
un dolor salobre.
Y un sol de justicia
sobre el horizonte.
Son
muchas las ocasiones en que refleja el dolor de estas gentes y el
esfuerzo frente a un destino adverso, con profundo respeto para
su silencio pudoroso, de penas adentro, con manos quebradas por
la helada y el trabajo, y ojos muy expresivos que reflejan cuanto
piensan aunque jamás lo formulen verbalmente. Por eso dirá
de estas gentes que "su angustia no cabe en el dedal de las
palabras".
Toda
su admiración para la mujer castellana, trabajadora, hondamente
religiosa, que vela por los suyos como esposa y madre:
La tierra de tus manos, rubia espiga;
la hogaza de tu amor, un pan sabroso;
tu voz, acariciante, dulcemente
templada en suficiencia para el mando (...)
De
modo especial, vuelca este entusiasmo en el "Romance de las
madres palentinas", leído en el Teatro Principal con
motivo de las Fiestas de San Antolín del año 1975:
Mujer de corazón en hondo surco,
y nunca, inútilmente, a flor de tierra,
la madre palentina ha soportado
con dignidad espartana, guerra a guerra
el lento desangrarse de sus hijos
y el nublo que destroza las cosechas.
Con temblor, ha oteado el horizonte,
con temblor se ha asomado a las almenas,
ha entreabierto con miedo las ventanas:
mujer para su casa y de su hacienda.
Su varonil esfuerzo está premiado
con la banda dorada y su paciencia
ha sido proverbial siglo tras siglo,
lo mismo que su celo y su prudencia.
Después ha contemplado estoicamente
la emigración del hijo a otras fronteras
o ha esperado impaciente los ronquidos
del tractor, cuando vuelve de las tierras,
el agua ya caliente y la comida
a punto y preparada ya la mesa.
Cuando hubo que espigar, fue espigadora;
cuando hubo que estudiar, fue la primera;
humilde en el hogar como en el trono,
hábil y astuta y dulce compañera.
Citar nombres ilustres supondría
no acabar esta larga sementera:
María de Molina o de Padilla,
o Blanca de Castilla o Berenguela....
o tantas ignoradas heroínas,
que a su paso dejaron honda huella.
Mujer inteligente, aunque sencilla,
siempre en su puesto y firme la cabeza,
de los cuatro cuarteles del escudo
vivo ejemplo y vibrante pregonera:
rojo de sangre y llanto con el duro
batir de las lombardas en la guerra,
azul para el esfuerzo cotidiano
de parca austeridad y honda paciencia,
y, a la hora de empuñar libros y espadas,
mujer para las armas y las ciencias.
Cuando
gana la cátedra de Instituto desempeña su labor docente
en Algeciras, Albacete y Torrelavega antes de volver destinado al
I.B. Jorge Manrique de Palencia, en 1966.
Durante
su estancia en Algeciras escribe los borradores de dos libros: Rueda
del girasol -editado en la colección Rocamador en 1964- y
Pirueta blanca -que aparecerá en 1967-.
Rueda
del girasol refleja las experiencias de soledad sufridas durante
el curso 1963-1964 en Algeciras. No faltan las alusiones al contrabando,
a la indiferencia y a la sensación de inseguridad y alejamiento
en medio de la calle rodeado de extraños. Son momentos de
añoranza. Gran parte de los borradores fueron escritos por
el autor durante una excursión a Ronda, cuyo paisaje cortado
a pico le habla impresionado tanto que le hizo sentirse ingrávido,
en el aire, lejos del trajín de la ciudad y del comercio.
Consta
el libro de tres partes: la primera contiene definiciones autobiográficas,
sus ansias y delirios, aspiraciones y fracasos que pueden verse
resumidos en este corto poema:
Ansiosamente busco
las altas madreselvas.
Pero en las amapolas
las alas se me enredan.
En
la segunda, atiende primordialmente a la ciudad por la que pasea
entristecido:
Pies y más pies ... Y luego,
más pies y más cemento,
más hoscas soledades,
más humo negro...
Más tardes sin sombra
noches sin sueño,
madres sin hijos,
novias sin besos.
O
este otro:
Por entre los semáforos
y los escaparates
camina un hombre solo
por todas las ciudades.
Sin amores, ni amigos;
eterno paseante.
Y
la tercera, encierra reflexiones obre la propia obra y el escaso
valor de la palabra:
Amo a esas pobres gentes
sobre cuyas gargantas
se rompen, al hablarnos
temblando las palabras.
Pirueta
blanca es provocado por el recuerdo de la hija que se quedaba en
Palencia, jugando feliz, mientras él se ausentaba. Desde
la playa del Rinconcillo o la cafetería del Paseo de la Marina,
donde pasa las tardes escribiendo y también soñando
frente al mar, la imagina con sus mimos, juegos y parloteos. Aún
hoy recuerda Charo el alboroto que organizaban cada vez que venía
su padre, poniendo música, jugando y haciendo preparativos
para salir a la calle juntos. Paseaban por la orilla del Carrión,
por el Puente de Hierro hasta la Fuente de la Salud y volvían
por el Puente Mayor. La niña charlaba y no paraba de preguntar.
Son
treinta y tres poemas que cantan sus movimientos de molinillo, veleta,
golondrina, jilguero o campana. Los primeros dientes, la sinfonía
del chupete mientras se duerme, la voz de grillo, los tarareos,
los juegos y movimientos de manos al despertar. Pone especial atención
en los juguetes, contraponiendo los animales de trapo -ositos o
perros- que la niña tiene con los animales vivos de su propia
infancia:
Yo, cuando niño
siempre a caballo,
correteaba
por sierra y campo.
¡Tú
sólo tienes
perros de trapo!
Termina
con varias nanas adormecedoras mientras la niña frota las
manos por la cara para que el sueño pase desde la terraza
hasta la almohada.
El
propio autor ha definido este libro como una mirada de amor paterno
y un canto al balbuciente silencio de la niña.
Tiene
incorporados dibujos que ella fue haciendo a lápiz sobre
los borradores del poeta, que había dejado encima de la mesa
durante unas vacaciones. Un día los encuentra, sorprendido,
los interpreta como una especie de diálogo y decide editarlos
en el libro. Rafael Oliva los pasó a tinta china con gran
primor.
Desde
la segunda edición -Gráficas Diario-Día, 1969-
lleva ilustraciones musicales -una nana y una canción en
tres juegos realizadas por Andrés Moro con la letras de los
correspondientes poemas. Fueron estrenadas en el Instituto Jorge
Manrique el veintitres de abril de 1969. La nana fue cantada por
Tina Velo.
El
retrato de la niña, que figura en la portada, fue hecho a
plumilla por Demetrio Cascón, catedrático de Dibujo
del Instituto Marqués de Santillana de Torrelavega. Lo hizo
sobre una fotografía como guía, pero basándose
en los rasgos faciales de su padre a quien se parecía mucho.
Los
viajes quincenales desde Albacete en el curso siguiente dieron como
resultado los poemas de Cancionero de proa, en el que los expresos
nocturnos que atraviesan la llanura castellana simbolizan el paso
fugaz de la vida, la carrera hacia la muerte, el trabajar afanosamente
para alcanzar, resollando, la meta final:
Por entre agujas,
a disco abierto,
rumbo a la muerte,
van los expresos.
El
frío intenso de aquel invierno está reflejado en muchos
detalles: en los álamos de las orillas del río (frente
a los naranjos y olivos del campo andaluz que ya le quedaban muy
lejos), en las heladas eras o en la bonita descripción de
la estación del ferrocarril en la que hacían su espera
los viajeros:
La garra de la niebla se cernía
con su bota de plomo por mi tacto.
Ni en el andén el aire se dormía,
ni florecía el sol sobre los campos.
Tan sólo las bufandas se movían
en rítmicos paseos solitarios.
Esta
era la estación palentina donde esperaba el expreso en la
medianoche del domingo.
Se
fija en los empleados y en las brigadas de la vía, ateridas
a quienes protege un ángel de la niebla durante su trabajo.
A todos dedica un recuerdo, pero de modo especial se dirige a los
enganchadores, a quienes metafóricamente invita a fomentar
la solidaridad humana:
Enganchadores:
enganchad bien las manos
de tantos hombres.
La
velocidad del tren hace que lo vea como:
Látigo que en la noche
sacude el viento,
por la inmensa llanura
bufa el expreso.
También
ocupan su atención los viajes en el coche, en el barco o
a través del espacio. Estos últimos serán objeto
preferente del libro El Rey de las estrellas, publicado en 1969,
con la acertada idea de que el hombre tome posesión de los
nuevos espacios, una vez que ha logrado poner pie en la luna. Allí
encontrará el silencio y la soledad más absoluta,
se encontrará consigo mismo, con el sueño y la quimera
de la vida.
Un
silencio que ha vivido aquí, en Castilla, apuntado por José
María Fernández Nieto al señalar la idea central
de cada uno de los poetas de Rocamador en un estudio conmemorativo
de los veinticinco años del grupo.
Trilogía
de la muerte es un libro, como dice el propio autor, escrito a maretazos,
en oleadas. La meditación sobre la muerte está localizada
en dos sitios concretos: el mar Cantábrico visto desde la
playa y Muro de Gijón -donde pasaba horas contemplándolo-
y la Plaza Mayor de Palencia -en que imagina a Cristo agonizante,
sufriendo pasión actualizada en circunstancias extremas-.
El mar proporciona una serie de imágenes sobre la muerte
y los vaivenes de la vida humana, con ilusiones y fracasos, logros
y desencantos. Además, el mar es la inmensidad, la grandeza
y desmesura del más allá, la trascendencia. Al misterio
hacia el que llegaremos a través de la propia muerte, cansados
de luchar contra la adversidad y el dolor humanos, se ha de llegar
purificados por el esfuerzo y el bregar incesantes, como dice el
verso "Hecho espuma de mar y no carroña".
Aquí,
en Palencia, el poeta nos dice cómo una mañana, de
repente, vió un Cristo tendido, moribundo, reencarnado en
un hombre del siglo XX:
Allí te vi tendido, de repente,
con tu rostro tranquilo y tu sonrisa,
sordo a toda blasfemia y al continuo
rugir de los motores y los claxons (...)
(...) Aquí quiero pensarte, aquí te tejo,
bajo esta leve sombra recostado,
mientras se clava el sol en los trigales
y la luz reverbera en los pantanos (...)
(...) Te tengo tan desnudo que quisiera
un poco de piedad para mi espanto.
Hay ovejas al fondo y suena un perro
ladrar mil injusticias contra el campo.
Si tú no mueres, todos moriremos.
Si tú agonizas, brotará mi canto.
Y
comienza la adoración de estas gentes "cuyos ojos taladran
las paredes cuando hablan, hombres de tierra seca, cuyas manos apenas
si se mueven como estatuas, que hablan con voz serena y dejan honda
la semilla en el surco enraizada y pastores que tienen de plomo
y de silencio la mirada. Vendrán los agosteros, los segadores,
los mutilados en los campos de batalla"...
Y yo vendré con ellos a Castilla,
donde el silencio quema en la garganta.
Por todos te presento mi abominable pliego de de descargo.
Palencia
es el eje de su vida y su poesía. Desde 1966 a 1980, desempeña
la cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto de Bachillerato
Jorge Manrique. Antes y después vivió aquí
todas las vacaciones y los fines de semana. Aquí nacieron
los hijos. Palencia es la inspiración fundamental de sus
poemas al lado de la Asturias natal. El catorce de mayo de 1968
pronuncia su discurso de ingreso en la Institución Tello
Téllez de Meneses sobre Sebastián de Miñano
y Bedoya; y desde entonces aparecen sucesivamente trabajos suyos
en dicha Institución sobre el citado autor, sobre Francisco
Vighi, sobre Jorge Manrique, sobre movimientos literarios palentinos,
sobre literatura y prensa en Palencia. Para la Historia de Palencia
ha colaborado con El panorama cultural de la Ciudad, reflejado en
la Prensa, entre 1939 y 1985.
De
1970 a 1973, fue director del Instituto y luego vicedirector hasta
1980 en que pasa al Cuerpo de Catedráticos de Escuela Universitaria
en Valladolid.
De
1968 a 1973 dirige la revista escolar "Jorge Manrique"
y hasta 1980 la "Tertulia Jorge Manrique", con alumnos
del centro.
Junto
con Antonio Alamo Salazar y José María Fernández
Nieto orientan a los jóvenes de "Los Viernes del Arte
Joven" en el curso 1975-1976. Fue entusiasta colaborador en
la organización de los actos para la celebración de
los XXV años de la Institución Tello Téllez
de Meneses en 1974 y para el V Centenario de Jorge Manrique en 1979.
En 1983, publica la antología Palencia piedra a piedra con
obras de más de medio centenar de poetas e ilustradores.
Participa en los jurados de premios y en las actividades culturales
organizadas por el Ayuntamiento, la Diputación Provincial,
la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Palencia y otras Instituciones.
En
Valladolid dirige los Encuentros con la literatura infantil (1984
y 1986), publicados en 1985 y 1989, respectivamente.
De
todas sus publicaciones se conservan ejemplares en la Biblioteca
Pública de Palencia así como de la Tesis doctoral
que Julia Patricia Howell realizó en 1988 en la Universidad
canadiense de London Ontario sobre su obra.
El
día de Pascua de Resurrección de 1990 murió
en Oviedo, después de una larga y honda mirada de amor hacia
todo lo que le rodeaba, cumpliéndose la visión anticipada
de la propia muerte, contenida en el poema titulado "Silencio":
A claridad sonaba en la mañana,
la música dorada de los trigos.
A claridad tocaban sobre el alba
las sombras de los muertos y los lirios.
Y al fondo sonreían los mil labios,
los mil ojos de Dios, sus mil sentidos,
su sombra que cubría los espacios,
cegándolos de luz y de cariño.
Enmudecieron todas las canciones.
Mi pulso reventó en tremendo grito.
Átomo
fui en la paz del universo,
silencio de silencios infinito.
JESÚS
CASTAÑÓN Copyright © Desde 2000 hasta la actualidad.
Reservados todos los derechos.
|