Jesús Castañón __________________

Jesús Castañón Díaz (1928-1990)

Vida l Obra l Semblanzas l Estudios

 

Marea de retorno

Jesús Castañón Díaz

Marea de retorno es un libro escrito a maretazos: sueños, amores, versos viejos, momentos entrañables de la vida, de nuevo aglutinados por el gran catalizador del tiempo, dejan aquí su más profunda huella.

Empezado en 1960 -primeros borradores de Canción de amor- y terminado en 1975, viene a cerrar cronológicamente este primer peldaño poético de las Tres Trilogías con un ineludible testimonio de mi sincero agradecimiento para quienes una mañana -tal vez sin sospechar la trascendencia de su gesto- nos alentaron desde el suave balcón de su sonrisa o con una simple palmada cariñosa.

Por un lógico proceso de contraposición psicológico-literaria el libro adopta una estructura cronológica sólo en apariencia anárquica: sobre un Encuadre de agonía en presente y en primer plano se inserta la idea eje de la mujer amada -crisol fundido y confundido en nuestra esencia-, avanzando primero hacia esos «racimos en agraz y en esperanza», que avizoran la tentadora tierra del futuro, para retroceder después a nuestra propia infancia -las raíces paternas, nuestra tierra natal, nuestros amigos...-, ahora contemplada desde la siempre añorante atalaya del recuerdo.

 

Marea de retorno

Al duro y combativo Mar Cantábrico,

símbolo de la fuerza y del orgullo,

dedicaré mis sueños y oraciones

y esta canción, que escribo a contrapelo

en una marcha atrás espeluznante,

que va desde el ayer hasta el va nunca.

 

Mar de Gijón, antiguo,

torcedor de mi verso,

gigantesco tambor para la muerte,

para el amor dulzaina enamorada,

viejo como los siglos y tan nuevo

en miles de millones de marinas.

Al mirarte he sentido nuevamente (1),

como una puñalada en la garganta,

tu mordisco de lobo en los talones

y el aullido incesante de tu espuma.

Mar de Gijón: si un día

mis sueños retornaran a tus olas,

no les cortes las alas y devuélveme

la savia de mis cantos y mis besos.

__________

(1) El original de este poema está fechado en el verano de 1975. El río de mi sombra (1970) de la Trilogía de la muerte -v. pág. 327- había sido ya inspirado por la contemplación del mismo mar. Con anterioridad ha constituido asimismo motivación fundamental para los poemas amorosos, que se incluyen a continuación, en Bahía de tu puerto.

 

Encuadre

Esta arena, que bate y que pisamos,

no es roca calcinada, es pura vida,

son pájaros y voces, que las aguas

fundieron y arrastraron a su fondo.

El mar de los recuerdos sube y baja

a nuestro osario vivo cada aurora,

se lleva las heridas olvidadas

y abre en la roca viva heridas nuevas,

mientras siguen volando las gaviotas,

dejando al descubierto nuestras plantas.

Marea de retorno: cada beso

nos trae por millares otras caras;

cada mirada, miles de pupilas;

cada paseo, miles de canciones;

cada recuerdo antiguo, otros recuerdos:

tu mano entre mis manos, nuestros niños

jugando con la arena, allá en el fondo

un vuelo de gaviotas y balandros.

Así vamos andando hasta que un día,

lo mismo que las olas y los sueños,

nos tragan de repente los caminos

como una zambullida en el océano,

mientras queda flotando sobre el aire

la florida bandera de los nietos.

Mirando atrás sentimos en la noche

sombras que nos agarran de las manos,

amores dolorosos, versos viejos

y, amigos y caminos olvidados...

Mirando atrás se ve correr el río

en dirección al monte, desbocado,

en busca del amor y de la gloria,

bogando hacia la muerte a todo paso.

Mirando atrás nos vemos pensativos

sentados a la tarde bajo un árbol:

el llanto se nos hunde entre la arena

y el pulso nos explota entre las manos.

Soy ya un hombre cabal, hecho y derecho

y vuelto a comenzar por la otra esquina,

un hombre a contraviento, que no sabe

cuántas millas le quedan todavía,

A veces, al mirar a la ventana,

me tiembla entre los labios la sonrisa:

he traspasado ya tantas fronteras

que he perdido la cuenta v la medida.

Y giro, sin cesar, sobre mí mismo,

abierta siempre la incurable herida.

Marea de retorno, voy y vengo

midiendo palmo a palmo ya mi playa:

todas las flores, para el mismo abismo;

todos los besos, a las mismas aguas.

Marea de retorno, zigzagueo,

como un toro ya herido, hacia las tablas:

al fondo de los cardos crecen sueños;

al fondo del espino, la esperanza.

Marea de retorno, estoy cayendo

de golpe boca arriba en plena plaza:

!as pezuñas al cielo, roja sangre

brotando por doscientas cataratas.

 

La violadora

Y vienes tú, sedienta de placeres,

desde lejanas tierras, donde el norte

sopla y el cierzo crece a medianoche

a perderme en la puerta de mi casa.

Te presentas con risa acariciante,

tostada por el sol del mediodía.

Vienes bamboleándote, despacio,

sedosa y atractiva como el sueño,

alargando las manos como redes

en busca de la aurora de mis besos,

con paso de tigresa cazadora,

que mira sin piedad al infinito,

mientras llamas de noche a mis balcones

como la fría brisa de los polos

y al fondo late el mar, siempre impaciente

igual que un corazón amenazado,

y un altavoz pregona sordamente

los roncos alaridos de tus víctimas.

 

I - Bahía de tu puerto

Dicen que el hombre no es hombre,

mientras que no oye su nombre

de labios de una mujer.

Puede ser.

Antonio Machado

Canción de amor

Vuelve otra vez, poema en la distancia,

dolor en las acequias de la vida.

Vuelve otra vez, amor, que ya perdido,

en el huso del sueño gira y gira.

Vuelve, dolor, de nuevo a la memoria.

Vuelve, canción de amor, a tu guarida.

Amar, amor, querer,

eterno laberinto:

vivir en la mujer,

soñar en el jacinto,

tener y no tener

un corazón distinto.

Amor de mujer, amor:

pájaros que no anidaron

y espuma que se esfumó.

Tan sólo quedó en el árbol

tu campana, corazón.

Flor:

viejo amor.

Vino:

nuevo camino.

Entre tú y yo

se cruzó el río

de mi dolor.

Amor y golondrina:

surtidor de la tarde

por mis heridas.

Copa de amor y vino:

mi corazón se encharca

de penas y caminos.

Sobre la arena

no busco amores:

busco tu senda.

Brotó en el surco de mi estela

la primavera de tu voz:

mil amapolas pregonaron

nuestra alegría bajo el sol.

Por el beso nuevo,

Mi alma y tu alma.

Por los cangilones,

las mismas palabras

del amor antiguo

hecho espuma blanca.

Nada importa ya, amor, si nos quisimos

o si hemos navegado horas amargas.

Nada importa si fuiste tú primero

que la luz del camino en la, esperanza.

Sólo me importa el rumbo y el exacto

encuentro con tu rostro en la mañana.

Me perdí peregrino en la tarde,

me perdí con mi lira en la sierra,

me perdí marinero sin anclas,

me perdí bandolero en la pampa,

me perdí caminante sin penas.

Me perdí sin guitarra en la noche,

me perdí con tus sueños a cuestas.

Como un torrente desbocado,

hechas espuma de oro y sal,

van mis canciones a la muerte

de tu llanura y tu trigal.

Cuando volvamos a encontrarnos,

no habrá limones que cortar,

ni en tu bahía habrá gaviotas,

ni dará sombra mi pinar.

Y se habrá vuelto ya naranjo

el dulce son de este cantar.

Recibe este homenaje de silencio

como una torrentera de palabras:

a soledad te cito, compañera,

a soledad y a llanto y a esperanza.

Irá mi voz creciendo en tu pradera

como el álamo crece junto al agua.

 

Esperando (2)

Cabellera de mujer negra

sobre la noche eterna.

Entre los reinos y las velas

flota una estrella.

Yo me quedé mirando al mar

y el mar me trajo tu ribera.

Gijón de ensueño: negras torres

para tu blanca estela.

Sobre la playa dormía

Gijón en su anclado barco,

atado con mil bombillas

al duro fondo de asfalto.

Entre las altas barandas,

tú y yo solos paseando.

Alejaste tu bronce todo sueños

por el azul del mar, bruñida estepa.

Te perdiste en un coro de gaviotas,

blanco tu gorro entre un zumbar de abejas.

El sol de mediodía recortaba

sobre la muchedumbre tu silueta.

El cielo estaba azul y palpitaba

también azul mi acalorada espera.

Mil pupilas vigilan acechantes

sobre tu brisa fresca,

colina de colinas,

balcón de las praderas,

gacelas, que, dormidas,

con altas nubes sueñan.

Tú, vergel de mujeres,

por mi erizada senda.

Yo, tenso y duro arco

en prolongada espera.

Orillas de la mar te vi muy niña:

nueva la risa, negro el cabello, rojos los labios.

Orillas de la mar la blanca espuma

tu cuerpo de mujer iba tallando.

Las olas de la mar fueron tejiendo

montañas de dolor sobre mi barco.

Orillas de la mar, amor, te espero

y eternamente seguiré esperando.

Con las blancas primaveras

de tus encendidos nardos

las gaviotas de mi pecho

se fueron todas volando.

Tejió tu velo de novia

el mar de los pechos blancos.

Y el mástil de mi alto orgullo

se inclinó para tu paso.

Mar de plomo,

mar de acero,

mar de amores,

mar de versos.

El mar de Gijón me trajo

la caricia de tus ecos.

Entre las rocas rugía

el león de los requiebros.

Yo, como un sultán, dormía

sobre la arena mi imperio.

Viniste por la ladera

del espiritual beso.

Yo te abrí todas las puertas

y barreras de mi puerto

y puse bandera blanca

para tu recibimiento.

Los barcos sobre la mar

perfilan febriles sueños:

amor, aventuras, gloria,

dolores, fracasos, miedo...

Yo, junto al mar, a tus pies,

planté el amor que te tengo.

Arco tendido en silencio,

Gijón besaba a la mar

el mar le daba sus besos.

Puesta al sol, con gafas negras,

tú me miraste un momento.

Ya todas las desnudeces

se me antojaron de cieno:

sólo tus ojos brillaron

por el azul de los cielos.

Amada, yo te vi

como la mar bravía.

Y te vi acariciante

como la mar sumisa.

Al lecho de tu cauce

arrojé mi barquilla:

mi sangre con tu sangre,

mi vida con tu vida.

Todo duerme en silencios prolongados:

la noche sobre el mar ya no navega,

ya la espuma no ensaya sus sonrisas

con femenina astucia por la arena,

ni los acantilados de la costa

montan su acostumbrada centinela...

Tus ojos, bien anclados en mi sueño,

galopan por el llano de mi ausencia.

Ya las blancas gaviotas se tornaron

raudos halcones de alas mensajeras

y la luna, balandro enamorado,

fiero toro que embiste por mis venas.

__________

(2) Escrito en Gijón en el verano de 1961 y publicado en entre los números 294 y 324 de Comarca, Mieres del 9 de septiembre de 1961 al 7 de abril de 1962.

 

Nuevo madrigal (3)

No será en la tierra estéril

donde duerma mi canción:

por el río de tu nombre

navegará mi dolor.

¡Cuántas veces rondamos por las cosas

hasta el profundo abismo de la amada!

De pronto se nos crecen por las venas

cascadas como ríos de palabras.

Quisiéramos callarnos; no podemos:

sentimos el amor que nos estalla.

Vino al atardecer, como indicando

que habría de dormirse en mi ventana.

Después ya nunca dijo más canciones,

ni señaló balandros en la playa,

ni talló corazones en los pinos,

ni contó las estrellas en los mapas.

Fue como un golpe en seco a medianoche,

como un mudo volteo de campanas.

Todas las canciones

llamando a mi puerta:

en la voz del gallo,

en la blanca estrella,

en los roncos barcos,

en la noria vieja...

Y yo, embelesado,

pensando en tu ausencia.

Cuando la lluvia mensajera

trajo la rosa de tu amor,

nacía ya la primavera

por las estrellas del balcón.

Y, sin embargo, me temblaba

entre las manos tu canción.

De pronto fuiste estrofa,

río, campana...,

y una canción al filo

de la mañana.

Por balcones y bodegas

siempre queda un rancio olor

de amores que nadie tuvo

y vino que nadie amó.

Palabras de amor, gastadas

como el naranjal en flor,

como las viejas guitarras,

que tienen nueva la voz.

Palabras de amor: canciones

siempre sedientas de sol.

A media voz te canto mis cantares

y a medianoche, cuando el gallo canta,

cuando bate el pinar en la roqueda,

cuando sueña la tierra roturada,

cuando la mar se llena de mareas...

cuando habla más la voz que la palabra.

Como la muerte cerca a los toreros,

como el agua aprisiona a las albercas,

como retiene el viento a los jinetes,

como la noche cerca a las estrellas...,

como las playas atan a los mares

quisiera yo tenerte prisionera.

Una tarde de aquellas que en la niebla

hacía pleamar todo el amor,

una tarde tranquila y silenciosa

bajo el terrible imperio del Nalón,

una tarde de duro acantilado

en que braman las olas bajo el sol...

Una tarde, cogidos de la mano,

paseamos cantando esta canción.

En torno a ti se apiñan las canciones,

los niños, los arados, los senderos...

Tú, en la nube y el mar; tú, bramadora

ola entre acantilados de recuerdos.

Tú, la eterna canción, hecha de piedra

en el duro bregar contra mi verso.

Lo demás, soledad y ya olvidadas

marejadas perdidas por el sueño.

Cuando mi copla vuelva, irá tu nombre

bramando por pantanos y viñedos.

Una noche dormimos al amparo

del mar que amedrentaba el astillero.

Amor, dolor, amor, cuando volvamos

a dormirnos al borde del sendero

no latirá ya el mar alborotado

por los acantilados de mi pecho.

Te esperaré dormido en la pradera,

te esperaré cantando en los andenes,

te esperaré de noche en los trigales,

te esperaré en los páramos inermes...

Te esperaré en el canto mensajero

del pavoroso cisne de la muerte.

Y, cuando al renacer la primavera,

por el llano cabalgue otro jinete,

mi añorada canción vendrá a buscarte

por lagos y balcones, por torrentes...

Y al borde de las playas, inundadas

de manos enlazadas fuertemente.

__________

(3) Comarca, números 657 al 670, Mieres, 24 de agosto de 1968 al 23 de noviembre de 1968.

 

TRIPTICO ENAMORADO

1

La llamada

Ya todas las galaxias y los mares

me gritaban tu nombre a bocanadas,

tu ardiente voz latía en las roquedas

y en el rayo y la lluvia cada noche;

tu mirada profunda sonreía

en todos los oasis y pantanos,

galopaba por todos los caminos

como una gran yeguada desbocada;

tu voz echó raíces en los lagos

y en toda sinfonía, incluso inédita; l

as olas escribían ya tu nombre

con viva complacencia por la arena...

Sin saber cómo, te encontré una tarde

de ardiente soledad en la colina.

 

2

Itinerario

Desde ti me nacieron los senderos

nuevos y las galaxias escondidas,

encontré cuanto había de mi mismo

y que antes nunca había conocido.

Sin ti no habría forma de que un día

Sonase mi canción a cinco voces

y todo seguiría tan mugriento

como antes de encontrarme con tus pájaros.

Hasta la luz tomó entonces tu forma,

todo adoptó tu nueva geometría,

las más pobres palabras recobraron

su vida luminosa tu contacto

y, en cada gesto tuyo, en cada sueño,

se fue cuajando toda mi agonía:

mi sombra con tu sombra, mano a mano

ya por, todas las plazas en otoño.

 

3

El puerto

Porque tú eres océano y en ti

un abismo de mares clamorea

contigo estoy, a tu puerto me acojo:

no me importa qué vientos reinan fuera.

Como saeta en diana estás clavada

al eje de mis sueños y mis penas,

mientras los hijos y los ríos pasan

bajo tu puente en firme confluencia.

Tú eres la torre en pleno descampado,

que al corazón le pone bridas nuevas.

Tú, altamar; yo, marino;

tú, alto faro; yo, arena;

si pampa, yo jinete

que galopa sin tregua...

Sobre el páramo frío

cabalgan cinco velas,

cinco surcos de noche,

al alba cinco estrellas.

Cuando todos cantamos,

se estremecen las eras.

Si gritamos, ¡qué larga

se vuelve la alameda!,

¡qué acariciante el viento

bajo tu sombra fresca!

Por tu bahía, el alma

y el ancla en tu ribera.

 

II - Los racimos

Levanto la cabeza y os contemplo

hombres capaces de cambiar la estrofa,

de extender la canción a los talleres,

de sembrar a voleo la alegría,

como racimos en agraz, que sienten

fermentar el futuro entre sus olas.

Si queréis ser poetas,

en pie,

fuera las normas.

Dejad en la cuneta las manías,

cantad a vuestro son vuestras canciones,

bebed el vino añejo en las bodegas

y el amor y la paz al aire libre

sin trabas, ni ataduras, ni murallas...

Una nueva oleada se aproxima

con ritmo y con violencia de marea.

En pie:

se nace cada día o no se es nadie.

Vosotros no podéis ya permitiros

el gesto previamente maquillado

-revientan bajo el sol ya las espigas

y estalla la impaciencia en los eriales-.

Por eso vengo ahora con vosotros

a esta agreste y picuda primavera

con la mochila al hombro y preparado

para avanzar sin miedo hasta la aurora.

No escuchéis con agrado mis canciones:

yo no vivo de aplausos, ni de coros.

Prestadme una guitarra y vuestra audacia:

veréis cómo retumban los micrófonos.

No me mandéis callar: ya no podría

detener en el aire mi alborozo.

Tenemos que romper con la frontera

inútil de los tópicos gastados,

tenemos que abrazarnos con más fuerza,

hasta que brote sangre en nuestras manos.

Si el mundo ha de cambiar es por los jóvenes

no importa de qué idioma o de qué escándalo.

A todo ritmo, sin rozar el polvo,

cruzando como galgos la meseta,

avanzan como flechas en bandadas,

ajenos a las bajas mezquindades.

Si alguien les detuviera, no podrían

contestar con palabras adecuadas

por qué han dejado atrás clubs y fronteras

para escalar las nuevas avenidas.

A todo ritmo, siempre a todo ritmo,

inalterable la razón y el paso.

Si el viento se volviera guillotina,

estallaría en miles de navajas.

Galopan por la niebla: nadie sabe

a ciencia cierta a dónde se dirigen.

Hay miles de profetas anunciando

éxitos y fracasos imposibles.

Escalan las montañas, se consuelan

unos a otros con aplausos sordos:

las águilas no entienden de trofeos,

de clavijas, cornisas y, cordadas...

Otros surcan la nieve día y, noche

intentando grabar su huella a fuego,

pero la nieve sigue inalterable

borrando cada aurora toda marca.

La arena nada entiende de su esfuerzo,

el aire se les muestra indiferente,

muchos que les aplauden les olvidan

apenas han doblado las esquinas.

Y siguen día a día machacando

este duro metal de indiferencias

en grupos y abrazados y cantando

al borde del sendero imperturbables.

Han cubierto la tierra con sus gestos,

han desterrado el luto de las calles,

de pronto han inundado de colores

y gritos los océanos y mares,

han sembrado de flores los vestidos,

de amores los andenes y los parques,

han escalado el cielo con sus pértigas,

han copado piscinas y garajes,

han impuesto su ley a los relojes,

sus balandros al ritmo de los mares...

Sin ellas nada tiene ya sentido.

Ya todos caminamos a su aire.

No hay futuro y pasado, solamente

el eco de sus pasos retumbantes

y una ventana, siempre abierta al norte

de un nuevo sueño sin realizarse.

Una oreja de bronce ausculta el mundo

constantemente en todas direcciones:

madres que alzan al sol a sus cachorros

en busca de la paz y la justicia;

mujeres, que recorren fatigadas

todos los meridianos cada aurora

con sus hijos a cuestas y sus cantos

de duras y aguerridas guerrilleras...

Frente a tanto dolor, sólo una lluvia

de himnos sin contenido ni mensaje.

Vosotros no podréis quedaros ciegos,

sordos y paralíticos y mudos:

o vais hacia la mar de sus encuentros

o ellos vendrán a devorar la tierra.

Trabad bien vuestras manos: ha sonado

la hora mundial de todas las sardanas.

Tocad tambores: vienen va los negros,

los amarillos, los cobrizos... todos.

Tocad tambores: viene un ritmo nuevo

igualador de sangres y pasiones.

Tocad tambores: los vestidos viejos

van a caer al suelo hechos pedazos.

Tocad tambores: pronto vendrá el día

en que a un pan agarradas cinco manos

forjen un arco iris refulgente

desde los paraísos a las tundras.

Si alguien pregunta, todas las respuestas

coincidirán al centro de igual grito.

Tocad tambores: otros no podrán

escribir este canto apasionado:

será para ellos pura. prehistoria

la gran desigualdad de iguales manos.

 

III - El viento

Aquí Castilla, medianoche:

viento de páramo aterido.

Hay una larga lista de hombres

yertos de polvo en el olvido.

En el reloj, negras agujas

con paso de oso adormecido.

Voy a cumplir va cualquier día

ese tremendo medio siglo.

Ya no recuerdo antiguos besos,

ni el brazo fuerte de un amigo.

Aquí Castilla, medianoche:

lentas campanas Y caminos.

A todo trajinar giran las grúas

en todas direcciones, con urgencia

de ambulancia que trae en los ladrillos

la roja sangre para vidas nuevas.

Hay casi intimidades de quirófano

latiendo bajo capas de pintura.

Escucho una sirena no sé donde,

casi como anunciando un bombardeo.

Y, sin querer, aprieto un poco el paso

volviendo la cabeza hacia otra parte,

mientras piquetas insensibles siguen

derribando a destajo el barrio antiguo.

Ese río de tierra, parda y oscura masa,

que se arrastra con lentos movimientos de manso,

lleva a cuestas su enorme coraza de ocre barro

de alfarero en que quedan presos pájaros y álamos.

Es casi otro camino un poco humedecido,

lodo donde no cantan ni sueñan las albercas,

río sin agua clara ni verdes encinares,

masa marrón y espesa como la tierra misma,

casi dura badana recalentada al sol,

como una gran cadena de adobes siempre en marcha

como millones de hombres ateridos de frío

y hundidos en su fango y asfixiados de historia.

 

Ruta de los pantanos

El águila planea ávidamente

sobre la dura lámina de acero,

donde tiemblan aulagas amarillas,

pastizales y brezos color malva.

Atrás quedan las largas antesalas

de las fecundas vegas y trigales,

Castilla del adobe y los tractores,

aquí trocada en montes de centeno.

El ruido del motor, curva tras curva,

compite con graznidos y relinchos

ante la indiferencia de los corzos,

que saltan a placer de roca en roca,

mientras el Espigüete se zambulle

como oso mitológico en el lago

y en invierno la nieve cerca el cielo

amurallando puertas y ventanas:

Castilla del aullido de los lobos,

de hombres de honda pisada y voz de piedra

-Guardo, Camporredondo, Curavacas, Alba de los Cardaños o Vidrieros...-,

Castilla del dolor almacenado y mares enjaulados en su tierra,

Castilla del olvido, sepultada

al fondo del pantano con su historia,

recubiertos de musgo los escudos,

las torres, las campanas y los muertos...

Castilla: un huracán en las compuertas;

en los hondos barrancos el silencio.

Adiós, Castilla, tus cigüeñas

han decidido abandonarte.

Hay un sol rojo por tus eras

y un viento suave en los pinares,

en campanarios y en aldeas

de estremecidos soportales...

Como un ejército ya alerta

vuelan y vuelan los mensajes

y mil pañuelos aletean

sobre tu estirpe de emigrantes.

Octubre, muerte por Castilla:

pueblos lejanos y esfumados...

Sopla una brisa en las espadas

de los cipreses enlutados.

El cielo teje sus tapices

entre goyescos y macabros.

Llevan los ríos como un eco

de mazas, cascos y caballos...

Desde mi coche veo ardiendo

mil rastrojeras por los campos,

igual que antorchas de un solemne,

fúnebre sueño milenario.

 

Palencia, la provincia de las cien catedrales (4),

está toda en tu cuadro

condensada en dos torres

y ese montón de casas,

apiñadas en torno como pobres

pájaros bajo el peso de dos águilas.

A ras de tierra, sólo vibraciones,

apenas perceptibles en las masas

de pura geometría, sin aleros,

sin balcones ni puertas entornadas.

La anécdota coagula aquí en historia,

de puro muerta plena de nostalgia.

Por el aire se pierden los colores

diluidos en duras pinceladas.

Y la luz, esencial y sin contornos,

marca ajustadamente las distancias,

pone un rojo ladrillo en primer plano

de la ciudad moderna, hirviente masa,

disolviéndose en grises desgastados

como las viejas piedras de las casas

en la ciudad antigua, donde trepa

tu misteriosa luz por las campanas.

Lo mismo son tus pueblos: sobre el eje

de la torre, las casas compactadas.

Otros pondrán anécdota y paisaje

y harán cantar la historia de las tapias:

a ti y a mí nos basta un suave esbozo

de luz y claridad y de añoranza.

Como el río Carrión vamos dejando

anécdotas y torres sobre el agua

de esta Palencia de silencio y piedra

y ternura jamás imaginada,

reducida a unas casas y a dos torres

-síntesis pura de ardua pincelada-,

al paso inexorable de los siglos

y a una media docena de palabras:

Palencia en cuatro planos

y, sin embargo, entera en cuerpo y alma.

__________

(4) V. Trilogía de la muerte. Gráficas «Diario-Día», Palencia, 1974, pág. 157.

 

Mujer de corazón en surco hondo

y nunca inútilmente a flor de tierra,

la madre castellana ha soportado

con dignidad espartana, guerra a guerra,

el lento desangrarse de sus hijos

y el nublo que destroza la cosecha.

Después, sin aspavientos, vio a sus hijos

esparcerse por todas las fronteras,

ir y venir dejando abandonados

los trillos, los arados y las eras...

Y ha esperado paciente, humildemente,

mujer para su hogar y de su hacienda,

la vuelta del tractor, la casa en orden,

caliente el agua y puesta ya la mesa.

Después, cada vez mas, se quedó sola,

recia y firme en la dura paramera,

batida por el viento como un álamo,

en medio de tapiales y de puertas,

entre rotas ventanas y corrales,

que se vienen de bruces cuerpo a tierra.

Y, cuando cae el sol, cruza las plazas

en silencio camino de la iglesia.

 

Algeciras

Tal vez una mañana, velozmente,

surqué sus aguas verdes sin saberlo,

tendido en su bahía en cuerpo y alma

como en un gran remanso de silencio,

anduve solitario por los muelles,

escribí en las terrazas y chiqueros,

esperé en el andén a ver los trenes

quebrarse sobre el agua contra el viento...

No miento, cuando digo que Algeciras

tiene raíz de olivo en mis recuerdos.

 

La bahía

Bahía. Todo dicho. Nada más, ni una letra.

Bahía de Algeciras, septiembre, hora de siesta.

Las casas de cal viva; la luz, de metralleta;

las olas, un remanso de viento en las almenas.

Bahía de Algeciras: me dormiré en las velas

de tus balandros blancos o tus trenes de cera,

al sol mañana y tarde, siempre en continuo alerta:

aduana, camino y faro hacia otras tierras...

 

Bailaora

Rimar y desrimar es el secreto:

rima de la cintura con los brazos,

rima de la guitarra con el pelo,

rimar con la esmeralda de la noche

las dos tersas giraldas de tus pechos.

Y pasar de la estrofa sin fronteras

a la inefable estrofa de los besos.

¡Qué ceñida tu cintura

y, qué bravos los desplantes!

En los tacones, ¡qué aplomo!

y en los brazos, gavilanes.

Tus castañuelas, dos ascuas

y tus muslos, dos chacales.

¡Silencio!: esculpiendo el aire

la catedral de tu talle.

Por entre las negras rejas

tu cintura, ¡qué huracán!,

tus labios, de roja sangre,

tu voz, agua del pinar.

Son de guitarra en la noche:

el aire se hizo acordeón,

se durmieron las palmeras,

sonó el timbal de tu voz.

Patio andaluz y una copla

hiriente como un rejón.

 

Puerto del Norte

Casas de miles de colores

aglomeradas sobre el agua.

En las ventanas, como siempre,

mozas claras sonrosadas.

Las sardineras con sus cestas

en la cabeza, alborozadas;

fuerte la brisa del nordeste

y el bamboleo de sus faldas.

Hay un olor rancio a chicharro

y a desperdicios de las fábricas.

Viejos reumáticos contemplan

desde los muelles la llegada

de cada bote ansiosamente

contando hazañas ya olvidadas,

mientras un coro de gaviotas

chilla incesante entre las barcas

y hay en la rula un terremoto

cuando algún barco nuevo atraca.

Viejos marinos socarrones

con alegría se intercambian

tacos y risas y canciones

rumbo a la timba de la tasca.

Allá a lo lejos, displicente,

el mar, ajeno a cuanto pasa.

 

La mecedora

El viento, como un mar en los castaños,

abrió de un golpe en seco la ventana,

La vieja mecedora de la abuela

inició de repente su pavana.

Las tejas del desván se alborotaron,

aumentaron las grietas de la sala.

Y el viento, que crujía entre las