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Marea
de retorno
Jesús
Castañón Díaz

Marea
de retorno
es un libro escrito a maretazos: sueños, amores, versos
viejos, momentos entrañables de la vida, de nuevo aglutinados
por el gran catalizador del tiempo, dejan aquí su más
profunda huella.
Empezado
en 1960 -primeros borradores de Canción
de amor- y terminado en 1975, viene a cerrar cronológicamente
este primer peldaño poético de las Tres
Trilogías con un ineludible testimonio de mi
sincero agradecimiento para quienes una mañana -tal
vez sin sospechar la trascendencia de su gesto- nos alentaron
desde el suave balcón de su sonrisa o con una simple
palmada cariñosa.
Por
un lógico proceso de contraposición psicológico-literaria
el libro adopta una estructura cronológica sólo
en apariencia anárquica: sobre un Encuadre de agonía
en presente y en primer plano se inserta la idea eje de la
mujer amada -crisol fundido y confundido en nuestra esencia-,
avanzando primero hacia esos «racimos en agraz y en
esperanza», que avizoran la tentadora tierra del futuro,
para retroceder después a nuestra propia infancia -las
raíces paternas, nuestra tierra natal, nuestros amigos...-,
ahora contemplada desde la siempre añorante atalaya
del recuerdo.
Marea
de retorno
Al
duro y combativo Mar Cantábrico,
símbolo
de la fuerza y del orgullo,
dedicaré
mis sueños y oraciones
y
esta canción, que escribo a contrapelo
en
una marcha atrás espeluznante,
que
va desde el ayer hasta el va nunca.
Mar
de Gijón, antiguo,
torcedor
de mi verso,
gigantesco
tambor para la muerte,
para
el amor dulzaina enamorada,
viejo
como los siglos y tan nuevo
en
miles de millones de marinas.
Al
mirarte he sentido nuevamente
(1),
como
una puñalada en la garganta,
tu
mordisco de lobo en los talones
y
el aullido incesante de tu espuma.
Mar
de Gijón: si un día
mis
sueños retornaran a tus olas,
no
les cortes las alas y devuélveme
la
savia de mis cantos y mis besos.
__________
(1)
El original de este poema está fechado en el verano
de 1975. El río de mi sombra (1970) de la Trilogía
de la muerte -v. pág. 327- había sido ya inspirado
por la contemplación del mismo mar. Con anterioridad
ha constituido asimismo motivación fundamental para
los poemas amorosos, que se incluyen a continuación,
en Bahía de tu puerto.
Encuadre
Esta
arena, que bate y que pisamos,
no
es roca calcinada, es pura vida,
son
pájaros y voces, que las aguas
fundieron
y arrastraron a su fondo.
El
mar de los recuerdos sube y baja
a
nuestro osario vivo cada aurora,
se
lleva las heridas olvidadas
y
abre en la roca viva heridas nuevas,
mientras
siguen volando las gaviotas,
dejando
al descubierto nuestras plantas.
Marea
de retorno: cada beso
nos
trae por millares otras caras;
cada
mirada, miles de pupilas;
cada
paseo, miles de canciones;
cada
recuerdo antiguo, otros recuerdos:
tu
mano entre mis manos, nuestros niños
jugando
con la arena, allá en el fondo
un
vuelo de gaviotas y balandros.
Así
vamos andando hasta que un día,
lo
mismo que las olas y los sueños,
nos
tragan de repente los caminos
como
una zambullida en el océano,
mientras
queda flotando sobre el aire
la
florida bandera de los nietos.
Mirando
atrás sentimos en la noche
sombras
que nos agarran de las manos,
amores
dolorosos, versos viejos
y,
amigos y caminos olvidados...
Mirando
atrás se ve correr el río
en
dirección al monte, desbocado,
en
busca del amor y de la gloria,
bogando
hacia la muerte a todo paso.
Mirando
atrás nos vemos pensativos
sentados
a la tarde bajo un árbol:
el
llanto se nos hunde entre la arena
y
el pulso nos explota entre las manos.
Soy
ya un hombre cabal, hecho y derecho
y
vuelto a comenzar por la otra esquina,
un
hombre a contraviento, que no sabe
cuántas
millas le quedan todavía,
A
veces, al mirar a la ventana,
me
tiembla entre los labios la sonrisa:
he
traspasado ya tantas fronteras
que
he perdido la cuenta v la medida.
Y
giro, sin cesar, sobre mí mismo,
abierta
siempre la incurable herida.
Marea
de retorno, voy y vengo
midiendo
palmo a palmo ya mi playa:
todas
las flores, para el mismo abismo;
todos
los besos, a las mismas aguas.
Marea
de retorno, zigzagueo,
como
un toro ya herido, hacia las tablas:
al
fondo de los cardos crecen sueños;
al
fondo del espino, la esperanza.
Marea
de retorno, estoy cayendo
de
golpe boca arriba en plena plaza:
!as
pezuñas al cielo, roja sangre
brotando
por doscientas cataratas.
La
violadora
Y
vienes tú, sedienta de placeres,
desde
lejanas tierras, donde el norte
sopla
y el cierzo crece a medianoche
a
perderme en la puerta de mi casa.
Te
presentas con risa acariciante,
tostada
por el sol del mediodía.
Vienes
bamboleándote, despacio,
sedosa
y atractiva como el sueño,
alargando
las manos como redes
en
busca de la aurora de mis besos,
con
paso de tigresa cazadora,
que
mira sin piedad al infinito,
mientras
llamas de noche a mis balcones
como
la fría brisa de los polos
y
al fondo late el mar, siempre impaciente
igual
que un corazón amenazado,
y
un altavoz pregona sordamente
los
roncos alaridos de tus víctimas.
I - Bahía de tu puerto
Dicen
que el hombre no es hombre,
mientras
que no oye su nombre
de
labios de una mujer.
Puede
ser.
Antonio
Machado
Canción
de amor
Vuelve
otra vez, poema en la distancia,
dolor
en las acequias de la vida.
Vuelve
otra vez, amor, que ya perdido,
en
el huso del sueño gira y gira.
Vuelve,
dolor, de nuevo a la memoria.
Vuelve,
canción de amor, a tu guarida.
Amar,
amor, querer,
eterno
laberinto:
vivir
en la mujer,
soñar
en el jacinto,
tener
y no tener
un
corazón distinto.
Amor
de mujer, amor:
pájaros
que no anidaron
y
espuma que se esfumó.
Tan
sólo quedó en el árbol
tu
campana, corazón.
Flor:
viejo
amor.
Vino:
nuevo
camino.
Entre
tú y yo
se
cruzó el río
de
mi dolor.
Amor
y golondrina:
surtidor
de la tarde
por
mis heridas.
Copa
de amor y vino:
mi
corazón se encharca
de
penas y caminos.
Sobre
la arena
no
busco amores:
busco
tu senda.
Brotó
en el surco de mi estela
la
primavera de tu voz:
mil
amapolas pregonaron
nuestra
alegría bajo el sol.
Por
el beso nuevo,
Mi
alma y tu alma.
Por
los cangilones,
las
mismas palabras
del
amor antiguo
hecho
espuma blanca.
Nada
importa ya, amor, si nos quisimos
o
si hemos navegado horas amargas.
Nada
importa si fuiste tú primero
que
la luz del camino en la, esperanza.
Sólo
me importa el rumbo y el exacto
encuentro
con tu rostro en la mañana.
Me
perdí peregrino en la tarde,
me
perdí con mi lira en la sierra,
me
perdí marinero sin anclas,
me
perdí bandolero en la pampa,
me
perdí caminante sin penas.
Me
perdí sin guitarra en la noche,
me
perdí con tus sueños a cuestas.
Como
un torrente desbocado,
hechas
espuma de oro y sal,
van
mis canciones a la muerte
de
tu llanura y tu trigal.
Cuando
volvamos a encontrarnos,
no
habrá limones que cortar,
ni
en tu bahía habrá gaviotas,
ni
dará sombra mi pinar.
Y
se habrá vuelto ya naranjo
el
dulce son de este cantar.
Recibe
este homenaje de silencio
como
una torrentera de palabras:
a
soledad te cito, compañera,
a
soledad y a llanto y a esperanza.
Irá
mi voz creciendo en tu pradera
como
el álamo crece junto al agua.
Esperando
(2)
Cabellera
de mujer negra
sobre
la noche eterna.
Entre
los reinos y las velas
flota
una estrella.
Yo
me quedé mirando al mar
y
el mar me trajo tu ribera.
Gijón
de ensueño: negras torres
para
tu blanca estela.
Sobre
la playa dormía
Gijón
en su anclado barco,
atado
con mil bombillas
al
duro fondo de asfalto.
Entre
las altas barandas,
tú
y yo solos paseando.
Alejaste
tu bronce todo sueños
por
el azul del mar, bruñida estepa.
Te
perdiste en un coro de gaviotas,
blanco
tu gorro entre un zumbar de abejas.
El
sol de mediodía recortaba
sobre
la muchedumbre tu silueta.
El
cielo estaba azul y palpitaba
también
azul mi acalorada espera.
Mil
pupilas vigilan acechantes
sobre
tu brisa fresca,
colina
de colinas,
balcón
de las praderas,
gacelas,
que, dormidas,
con
altas nubes sueñan.
Tú,
vergel de mujeres,
por
mi erizada senda.
Yo,
tenso y duro arco
en
prolongada espera.
Orillas
de la mar te vi muy niña:
nueva
la risa, negro el cabello, rojos los labios.
Orillas
de la mar la blanca espuma
tu
cuerpo de mujer iba tallando.
Las
olas de la mar fueron tejiendo
montañas
de dolor sobre mi barco.
Orillas
de la mar, amor, te espero
y
eternamente seguiré esperando.
Con
las blancas primaveras
de
tus encendidos nardos
las
gaviotas de mi pecho
se
fueron todas volando.
Tejió
tu velo de novia
el
mar de los pechos blancos.
Y
el mástil de mi alto orgullo
se
inclinó para tu paso.
Mar
de plomo,
mar
de acero,
mar
de amores,
mar
de versos.
El
mar de Gijón me trajo
la
caricia de tus ecos.
Entre
las rocas rugía
el
león de los requiebros.
Yo,
como un sultán, dormía
sobre
la arena mi imperio.
Viniste
por la ladera
del
espiritual beso.
Yo
te abrí todas las puertas
y
barreras de mi puerto
y
puse bandera blanca
para
tu recibimiento.
Los
barcos sobre la mar
perfilan
febriles sueños:
amor,
aventuras, gloria,
dolores,
fracasos, miedo...
Yo,
junto al mar, a tus pies,
planté
el amor que te tengo.
Arco
tendido en silencio,
Gijón
besaba a la mar
el
mar le daba sus besos.
Puesta
al sol, con gafas negras,
tú
me miraste un momento.
Ya
todas las desnudeces
se
me antojaron de cieno:
sólo
tus ojos brillaron
por
el azul de los cielos.
Amada,
yo te vi
como
la mar bravía.
Y
te vi acariciante
como
la mar sumisa.
Al
lecho de tu cauce
arrojé
mi barquilla:
mi
sangre con tu sangre,
mi
vida con tu vida.
Todo
duerme en silencios prolongados:
la
noche sobre el mar ya no navega,
ya
la espuma no ensaya sus sonrisas
con
femenina astucia por la arena,
ni
los acantilados de la costa
montan
su acostumbrada centinela...
Tus
ojos, bien anclados en mi sueño,
galopan
por el llano de mi ausencia.
Ya
las blancas gaviotas se tornaron
raudos
halcones de alas mensajeras
y
la luna, balandro enamorado,
fiero
toro que embiste por mis venas.
__________
(2)
Escrito en Gijón en el verano de 1961 y publicado en
entre los números 294 y 324 de Comarca, Mieres del
9 de septiembre de 1961 al 7 de abril de 1962.
Nuevo
madrigal
(3)
No
será en la tierra estéril
donde
duerma mi canción:
por
el río de tu nombre
navegará
mi dolor.
¡Cuántas
veces rondamos por las cosas
hasta
el profundo abismo de la amada!
De
pronto se nos crecen por las venas
cascadas
como ríos de palabras.
Quisiéramos
callarnos; no podemos:
sentimos
el amor que nos estalla.
Vino
al atardecer, como indicando
que
habría de dormirse en mi ventana.
Después
ya nunca dijo más canciones,
ni
señaló balandros en la playa,
ni
talló corazones en los pinos,
ni
contó las estrellas en los mapas.
Fue
como un golpe en seco a medianoche,
como
un mudo volteo de campanas.
Todas
las canciones
llamando
a mi puerta:
en
la voz del gallo,
en
la blanca estrella,
en
los roncos barcos,
en
la noria vieja...
Y
yo, embelesado,
pensando
en tu ausencia.
Cuando
la lluvia mensajera
trajo
la rosa de tu amor,
nacía
ya la primavera
por
las estrellas del balcón.
Y,
sin embargo, me temblaba
entre
las manos tu canción.
De
pronto fuiste estrofa,
río,
campana...,
y
una canción al filo
de
la mañana.
Por
balcones y bodegas
siempre
queda un rancio olor
de
amores que nadie tuvo
y
vino que nadie amó.
Palabras
de amor, gastadas
como
el naranjal en flor,
como
las viejas guitarras,
que
tienen nueva la voz.
Palabras
de amor: canciones
siempre
sedientas de sol.
A
media voz te canto mis cantares
y
a medianoche, cuando el gallo canta,
cuando
bate el pinar en la roqueda,
cuando
sueña la tierra roturada,
cuando
la mar se llena de mareas...
cuando
habla más la voz que la palabra.
Como
la muerte cerca a los toreros,
como
el agua aprisiona a las albercas,
como
retiene el viento a los jinetes,
como
la noche cerca a las estrellas...,
como
las playas atan a los mares
quisiera
yo tenerte prisionera.
Una
tarde de aquellas que en la niebla
hacía
pleamar todo el amor,
una
tarde tranquila y silenciosa
bajo
el terrible imperio del Nalón,
una
tarde de duro acantilado
en
que braman las olas bajo el sol...
Una
tarde, cogidos de la mano,
paseamos
cantando esta canción.
En
torno a ti se apiñan las canciones,
los
niños, los arados, los senderos...
Tú,
en la nube y el mar; tú, bramadora
ola
entre acantilados de recuerdos.
Tú,
la eterna canción, hecha de piedra
en
el duro bregar contra mi verso.
Lo
demás, soledad y ya olvidadas
marejadas
perdidas por el sueño.
Cuando
mi copla vuelva, irá tu nombre
bramando
por pantanos y viñedos.
Una
noche dormimos al amparo
del
mar que amedrentaba el astillero.
Amor,
dolor, amor, cuando volvamos
a
dormirnos al borde del sendero
no
latirá ya el mar alborotado
por
los acantilados de mi pecho.
Te
esperaré dormido en la pradera,
te
esperaré cantando en los andenes,
te
esperaré de noche en los trigales,
te
esperaré en los páramos inermes...
Te
esperaré en el canto mensajero
del
pavoroso cisne de la muerte.
Y,
cuando al renacer la primavera,
por
el llano cabalgue otro jinete,
mi
añorada canción vendrá a buscarte
por
lagos y balcones, por torrentes...
Y
al borde de las playas, inundadas
de
manos enlazadas fuertemente.
__________
(3)
Comarca, números 657 al 670, Mieres, 24 de agosto de
1968 al 23 de noviembre de 1968.
TRIPTICO
ENAMORADO
1
La
llamada
Ya
todas las galaxias y los mares
me
gritaban tu nombre a bocanadas,
tu
ardiente voz latía en las roquedas
y
en el rayo y la lluvia cada noche;
tu
mirada profunda sonreía
en
todos los oasis y pantanos,
galopaba
por todos los caminos
como
una gran yeguada desbocada;
tu
voz echó raíces en los lagos
y
en toda sinfonía, incluso inédita; l
as
olas escribían ya tu nombre
con
viva complacencia por la arena...
Sin
saber cómo, te encontré una tarde
de
ardiente soledad en la colina.
2
Itinerario
Desde
ti me nacieron los senderos
nuevos
y las galaxias escondidas,
encontré
cuanto había de mi mismo
y
que antes nunca había conocido.
Sin
ti no habría forma de que un día
Sonase
mi canción a cinco voces
y
todo seguiría tan mugriento
como
antes de encontrarme con tus pájaros.
Hasta
la luz tomó entonces tu forma,
todo
adoptó tu nueva geometría,
las
más pobres palabras recobraron
su
vida luminosa tu contacto
y,
en cada gesto tuyo, en cada sueño,
se
fue cuajando toda mi agonía:
mi
sombra con tu sombra, mano a mano
ya
por, todas las plazas en otoño.
3
El
puerto
Porque
tú eres océano y en ti
un
abismo de mares clamorea
contigo
estoy, a tu puerto me acojo:
no
me importa qué vientos reinan fuera.
Como
saeta en diana estás clavada
al
eje de mis sueños y mis penas,
mientras
los hijos y los ríos pasan
bajo
tu puente en firme confluencia.
Tú
eres la torre en pleno descampado,
que
al corazón le pone bridas nuevas.
Tú,
altamar; yo, marino;
tú,
alto faro; yo, arena;
si
pampa, yo jinete
que
galopa sin tregua...
Sobre
el páramo frío
cabalgan
cinco velas,
cinco
surcos de noche,
al
alba cinco estrellas.
Cuando
todos cantamos,
se
estremecen las eras.
Si
gritamos, ¡qué larga
se
vuelve la alameda!,
¡qué
acariciante el viento
bajo
tu sombra fresca!
Por
tu bahía, el alma
y
el ancla en tu ribera.
II
- Los racimos
Levanto
la cabeza y os contemplo
hombres
capaces de cambiar la estrofa,
de
extender la canción a los talleres,
de
sembrar a voleo la alegría,
como
racimos en agraz, que sienten
fermentar
el futuro entre sus olas.
Si
queréis ser poetas,
en
pie,
fuera
las normas.
Dejad
en la cuneta las manías,
cantad
a vuestro son vuestras canciones,
bebed
el vino añejo en las bodegas
y
el amor y la paz al aire libre
sin
trabas, ni ataduras, ni murallas...
Una
nueva oleada se aproxima
con
ritmo y con violencia de marea.
En
pie:
se
nace cada día o no se es nadie.
Vosotros
no podéis ya permitiros
el
gesto previamente maquillado
-revientan
bajo el sol ya las espigas
y
estalla la impaciencia en los eriales-.
Por
eso vengo ahora con vosotros
a
esta agreste y picuda primavera
con
la mochila al hombro y preparado
para
avanzar sin miedo hasta la aurora.
No
escuchéis con agrado mis canciones:
yo
no vivo de aplausos, ni de coros.
Prestadme
una guitarra y vuestra audacia:
veréis
cómo retumban los micrófonos.
No
me mandéis callar: ya no podría
detener
en el aire mi alborozo.
Tenemos
que romper con la frontera
inútil
de los tópicos gastados,
tenemos
que abrazarnos con más fuerza,
hasta
que brote sangre en nuestras manos.
Si
el mundo ha de cambiar es por los jóvenes
no
importa de qué idioma o de qué escándalo.
A
todo ritmo, sin rozar el polvo,
cruzando
como galgos la meseta,
avanzan
como flechas en bandadas,
ajenos
a las bajas mezquindades.
Si
alguien les detuviera, no podrían
contestar
con palabras adecuadas
por
qué han dejado atrás clubs y fronteras
para
escalar las nuevas avenidas.
A
todo ritmo, siempre a todo ritmo,
inalterable
la razón y el paso.
Si
el viento se volviera guillotina,
estallaría
en miles de navajas.
Galopan
por la niebla: nadie sabe
a
ciencia cierta a dónde se dirigen.
Hay
miles de profetas anunciando
éxitos
y fracasos imposibles.
Escalan
las montañas, se consuelan
unos
a otros con aplausos sordos:
las
águilas no entienden de trofeos,
de
clavijas, cornisas y, cordadas...
Otros
surcan la nieve día y, noche
intentando
grabar su huella a fuego,
pero
la nieve sigue inalterable
borrando
cada aurora toda marca.
La
arena nada entiende de su esfuerzo,
el
aire se les muestra indiferente,
muchos
que les aplauden les olvidan
apenas
han doblado las esquinas.
Y
siguen día a día machacando
este
duro metal de indiferencias
en
grupos y abrazados y cantando
al
borde del sendero imperturbables.
Han
cubierto la tierra con sus gestos,
han
desterrado el luto de las calles,
de
pronto han inundado de colores
y
gritos los océanos y mares,
han
sembrado de flores los vestidos,
de
amores los andenes y los parques,
han
escalado el cielo con sus pértigas,
han
copado piscinas y garajes,
han
impuesto su ley a los relojes,
sus
balandros al ritmo de los mares...
Sin
ellas nada tiene ya sentido.
Ya
todos caminamos a su aire.
No
hay futuro y pasado, solamente
el
eco de sus pasos retumbantes
y
una ventana, siempre abierta al norte
de
un nuevo sueño sin realizarse.
Una
oreja de bronce ausculta el mundo
constantemente
en todas direcciones:
madres
que alzan al sol a sus cachorros
en
busca de la paz y la justicia;
mujeres,
que recorren fatigadas
todos
los meridianos cada aurora
con
sus hijos a cuestas y sus cantos
de
duras y aguerridas guerrilleras...
Frente
a tanto dolor, sólo una lluvia
de
himnos sin contenido ni mensaje.
Vosotros
no podréis quedaros ciegos,
sordos
y paralíticos y mudos:
o
vais hacia la mar de sus encuentros
o
ellos vendrán a devorar la tierra.
Trabad
bien vuestras manos: ha sonado
la
hora mundial de todas las sardanas.
Tocad
tambores: vienen va los negros,
los
amarillos, los cobrizos... todos.
Tocad
tambores: viene un ritmo nuevo
igualador
de sangres y pasiones.
Tocad
tambores: los vestidos viejos
van
a caer al suelo hechos pedazos.
Tocad
tambores: pronto vendrá el día
en
que a un pan agarradas cinco manos
forjen
un arco iris refulgente
desde
los paraísos a las tundras.
Si
alguien pregunta, todas las respuestas
coincidirán
al centro de igual grito.
Tocad
tambores: otros no podrán
escribir
este canto apasionado:
será
para ellos pura. prehistoria
la
gran desigualdad de iguales manos.
III
- El viento
Aquí
Castilla, medianoche:
viento
de páramo aterido.
Hay
una larga lista de hombres
yertos
de polvo en el olvido.
En
el reloj, negras agujas
con
paso de oso adormecido.
Voy
a cumplir va cualquier día
ese
tremendo medio siglo.
Ya
no recuerdo antiguos besos,
ni
el brazo fuerte de un amigo.
Aquí
Castilla, medianoche:
lentas
campanas Y caminos.
A
todo trajinar giran las grúas
en
todas direcciones, con urgencia
de
ambulancia que trae en los ladrillos
la
roja sangre para vidas nuevas.
Hay
casi intimidades de quirófano
latiendo
bajo capas de pintura.
Escucho
una sirena no sé donde,
casi
como anunciando un bombardeo.
Y,
sin querer, aprieto un poco el paso
volviendo
la cabeza hacia otra parte,
mientras
piquetas insensibles siguen
derribando
a destajo el barrio antiguo.
Ese
río de tierra, parda y oscura masa,
que
se arrastra con lentos movimientos de manso,
lleva
a cuestas su enorme coraza de ocre barro
de
alfarero en que quedan presos pájaros y álamos.
Es
casi otro camino un poco humedecido,
lodo
donde no cantan ni sueñan las albercas,
río
sin agua clara ni verdes encinares,
masa
marrón y espesa como la tierra misma,
casi
dura badana recalentada al sol,
como
una gran cadena de adobes siempre en marcha
como
millones de hombres ateridos de frío
y
hundidos en su fango y asfixiados de historia.
Ruta
de los pantanos
El
águila planea ávidamente
sobre
la dura lámina de acero,
donde
tiemblan aulagas amarillas,
pastizales
y brezos color malva.
Atrás
quedan las largas antesalas
de
las fecundas vegas y trigales,
Castilla
del adobe y los tractores,
aquí
trocada en montes de centeno.
El
ruido del motor, curva tras curva,
compite
con graznidos y relinchos
ante
la indiferencia de los corzos,
que
saltan a placer de roca en roca,
mientras
el Espigüete se zambulle
como
oso mitológico en el lago
y
en invierno la nieve cerca el cielo
amurallando
puertas y ventanas:
Castilla
del aullido de los lobos,
de
hombres de honda pisada y voz de piedra
-Guardo,
Camporredondo, Curavacas, Alba de los Cardaños o Vidrieros...-,
Castilla
del dolor almacenado y mares enjaulados en su tierra,
Castilla
del olvido, sepultada
al
fondo del pantano con su historia,
recubiertos
de musgo los escudos,
las
torres, las campanas y los muertos...
Castilla:
un huracán en las compuertas;
en
los hondos barrancos el silencio.
Adiós,
Castilla, tus cigüeñas
han
decidido abandonarte.
Hay
un sol rojo por tus eras
y
un viento suave en los pinares,
en
campanarios y en aldeas
de
estremecidos soportales...
Como
un ejército ya alerta
vuelan
y vuelan los mensajes
y
mil pañuelos aletean
sobre
tu estirpe de emigrantes.
Octubre,
muerte por Castilla:
pueblos
lejanos y esfumados...
Sopla
una brisa en las espadas
de
los cipreses enlutados.
El
cielo teje sus tapices
entre
goyescos y macabros.
Llevan
los ríos como un eco
de
mazas, cascos y caballos...
Desde
mi coche veo ardiendo
mil
rastrojeras por los campos,
igual
que antorchas de un solemne,
fúnebre
sueño milenario.
Palencia,
la provincia de las cien catedrales
(4),
está
toda en tu cuadro
condensada
en dos torres
y
ese montón de casas,
apiñadas
en torno como pobres
pájaros
bajo el peso de dos águilas.
A
ras de tierra, sólo vibraciones,
apenas
perceptibles en las masas
de
pura geometría, sin aleros,
sin
balcones ni puertas entornadas.
La
anécdota coagula aquí en historia,
de
puro muerta plena de nostalgia.
Por
el aire se pierden los colores
diluidos
en duras pinceladas.
Y
la luz, esencial y sin contornos,
marca
ajustadamente las distancias,
pone
un rojo ladrillo en primer plano
de
la ciudad moderna, hirviente masa,
disolviéndose
en grises desgastados
como
las viejas piedras de las casas
en
la ciudad antigua, donde trepa
tu
misteriosa luz por las campanas.
Lo
mismo son tus pueblos: sobre el eje
de
la torre, las casas compactadas.
Otros
pondrán anécdota y paisaje
y
harán cantar la historia de las tapias:
a
ti y a mí nos basta un suave esbozo
de
luz y claridad y de añoranza.
Como
el río Carrión vamos dejando
anécdotas
y torres sobre el agua
de
esta Palencia de silencio y piedra
y
ternura jamás imaginada,
reducida
a unas casas y a dos torres
-síntesis
pura de ardua pincelada-,
al
paso inexorable de los siglos
y
a una media docena de palabras:
Palencia
en cuatro planos
y,
sin embargo, entera en cuerpo y alma.
__________
(4)
V. Trilogía de la muerte. Gráficas «Diario-Día»,
Palencia, 1974, pág. 157.
Mujer
de corazón en surco hondo
y
nunca inútilmente a flor de tierra,
la
madre castellana ha soportado
con
dignidad espartana, guerra a guerra,
el
lento desangrarse de sus hijos
y
el nublo que destroza la cosecha.
Después,
sin aspavientos, vio a sus hijos
esparcerse
por todas las fronteras,
ir
y venir dejando abandonados
los
trillos, los arados y las eras...
Y
ha esperado paciente, humildemente,
mujer
para su hogar y de su hacienda,
la
vuelta del tractor, la casa en orden,
caliente
el agua y puesta ya la mesa.
Después,
cada vez mas, se quedó sola,
recia
y firme en la dura paramera,
batida
por el viento como un álamo,
en
medio de tapiales y de puertas,
entre
rotas ventanas y corrales,
que
se vienen de bruces cuerpo a tierra.
Y,
cuando cae el sol, cruza las plazas
en
silencio camino de la iglesia.
Algeciras
Tal
vez una mañana, velozmente,
surqué
sus aguas verdes sin saberlo,
tendido
en su bahía en cuerpo y alma
como
en un gran remanso de silencio,
anduve
solitario por los muelles,
escribí
en las terrazas y chiqueros,
esperé
en el andén a ver los trenes
quebrarse
sobre el agua contra el viento...
No
miento, cuando digo que Algeciras
tiene
raíz de olivo en mis recuerdos.
La
bahía
Bahía.
Todo dicho. Nada más, ni una letra.
Bahía
de Algeciras, septiembre, hora de siesta.
Las
casas de cal viva; la luz, de metralleta;
las
olas, un remanso de viento en las almenas.
Bahía
de Algeciras: me dormiré en las velas
de
tus balandros blancos o tus trenes de cera,
al
sol mañana y tarde, siempre en continuo alerta:
aduana,
camino y faro hacia otras tierras...
Bailaora
Rimar
y desrimar es el secreto:
rima
de la cintura con los brazos,
rima
de la guitarra con el pelo,
rimar
con la esmeralda de la noche
las
dos tersas giraldas de tus pechos.
Y
pasar de la estrofa sin fronteras
a
la inefable estrofa de los besos.
¡Qué
ceñida tu cintura
y,
qué bravos los desplantes!
En
los tacones, ¡qué aplomo!
y
en los brazos, gavilanes.
Tus
castañuelas, dos ascuas
y
tus muslos, dos chacales.
¡Silencio!:
esculpiendo el aire
la
catedral de tu talle.
Por
entre las negras rejas
tu
cintura, ¡qué huracán!,
tus
labios, de roja sangre,
tu
voz, agua del pinar.
Son
de guitarra en la noche:
el
aire se hizo acordeón,
se
durmieron las palmeras,
sonó
el timbal de tu voz.
Patio
andaluz y una copla
hiriente
como un rejón.
Puerto
del Norte
Casas
de miles de colores
aglomeradas
sobre el agua.
En
las ventanas, como siempre,
mozas
claras sonrosadas.
Las
sardineras con sus cestas
en
la cabeza, alborozadas;
fuerte
la brisa del nordeste
y
el bamboleo de sus faldas.
Hay
un olor rancio a chicharro
y
a desperdicios de las fábricas.
Viejos
reumáticos contemplan
desde
los muelles la llegada
de
cada bote ansiosamente
contando
hazañas ya olvidadas,
mientras
un coro de gaviotas
chilla
incesante entre las barcas
y
hay en la rula un terremoto
cuando
algún barco nuevo atraca.
Viejos
marinos socarrones
con
alegría se intercambian
tacos
y risas y canciones
rumbo
a la timba de la tasca.
Allá
a lo lejos, displicente,
el
mar, ajeno a cuanto pasa.
La
mecedora
El
viento, como un mar en los castaños,
abrió
de un golpe en seco la ventana,
La
vieja mecedora de la abuela
inició
de repente su pavana.
Las
tejas del desván se alborotaron,
aumentaron
las grietas de la sala.
Y
el viento, que crujía entre las vigas,
entonaba
su requiem, sobre el alba.
Manos
que me quisieron parecían
agitarse
en los montes encrespadas.
Nuestra
tierra, el amor o nuestros hijos,
tres
nombres que barajan igual sueño,
tres
torres o tres puntos cardinales
para
que nuestra voz rubrique el cuarto.
Mi
corazón se escinde en dos mitades,
uncidas
para siempre a igual destino,
Moreda
de las minas de mi infancia
y
Palencia, Castilla del silencio:
dinamita
en mis venas y en mi carne,
espigas
maceradas por la muerte.
Testamento
minero
Cuando
me muera, subidme
hasta
el alto castillete (5),
que
quiero verte, Moreda,
con
tu escombrera y tu puente,
tus
tertulias domingueras
y
el trajinar de tus gentes.
En
mi negra vagoneta
dejadme
allí para siempre
que
quiero oír compresores,
martillos,
tolvas y trenes,
el
disparo de las pegas
y
el cantar de algún alegre
jilguero
en la primavera
sobre
tus montañas verdes.
Y,
al salir de las tabernas,
la
cháchara incongruente
de
guajes y silicosos
entre
gaitas y cohetes,
el
río de mis romances
y
el son de los carruseles.
Cuando
me muera, subidme
hasta
el alto castillete.
En
mi negra vagoneta
dejadme
allí para siempre.
__________
(5)
Album de Fiestas de Nuestra Señora del Carmen, Moreda
de Aller, 1975.
Cada
mañana, casi en vuelo,
como
un preciado carillón,
escucho
el carro del lechero
ir
salpicando su canción.
Luego
me duermo, sigue el viento
entre
la niebla del balcón
entretejiendo
olas y sueños
con
la caricia de tu voz.
Cuando
despierto, nunca entiendo
el
laberinto del reloj.
El
viento trae y lleva a los amigos,
las
nubes de tristeza y la alegría:
los
baraja a su gusto como a cartas
de
una larga partida, sin descanso.
A
veces nos susurra tentaciones,
otras
veces nos mece agonizantes,
nos
vuelve a los amigos de la infancia,
a
las novias ya muertas o al recuerdo
de
éxitos antiguos oxidados.
Graba
y borra a capricho en su cuaderno
nuestra
historia de pobres galeotes.
Y,
gracias a su fuerza, proseguimos
amarrados
al banco y navegando.
Algunos
os moristeis cuando erais unos niños,
dejándonos
un poso de imborrable amargura
con
los labios quemados y el sabor aún caliente
de
vuestra risa joven, ya para siempre helada.
Lo
mismo fueron ellas, amigas entrañables,
algunas
casi novias, que nunca olvidaremos,
tiernas
como la espiga que ha tronchado un nublado
con
sus suaves sonrisas de vírgenes en ciernes.
Recordaremos
siempre sus labios Y sus manos,
que,
hemos entretejido con amor con las nuestras,
la
embriaguez de sus ojos Y el eco de su risa
tal
vez un poco loca como el canto del agua.
Durante
años hemos soñado con vosotros.
Después
la vida puso a todos diques nuevos
y
no hubo más remedio que ir arrinconándoos.
Quien
dice madre dice
a
gritos madre y tierra,
ternuras
no olvidadas,
primer
verso del llanto...
Quien
dice madre dice
la
gran raíz del viento,
dice
unos ojos tristes
cuando
alguno llorábamos,
fiebre
con nuestra fiebre,
infatigable
espera...
Quien
dice madre dice
irresistibles
ansias
de
atracar nuevamente
en
su seguro puerto
o
de bajar a tierra
para
enhebrar la copla
con
el agua profunda
que
brota de sus labios.
Yo
te recuerdo, padre, volviendo de la mina (6),
los
bombachos mojados y la cara tiznada,
cuando
salía del grupo de niños y corría
todo
cuanto podía para darte un abrazo
y
me ponía negro de carbón traje y manos.
Y
luego te recuerdo retirado y tranquilo,
jugando
con tus nietos y amable con las gentes.
Y
recuerdo tus sabios consejos y el trabajo
que,
al salir de la mina, hacías en tu casa
con
el canto sonoro de la humilde garlopa,
mientras
que me reñías, si me acercaba a verte,
señalando
los libros como mi única meta,
sin
comprender que a un niño también le interesaba
verte
tallar los muebles, que todavía conservo.
Y
recuerdo tu cara, profunda y cariñosa,
llena
de hondas arrugas, a gubia cincelada,
y
tus ojos azules mirando al infinito
de
soñador eterno, que espera un tiempo nuevo.
De
tu mano callosa heredé un pulso fuerte
Y
de tu suave trato, la honradez de mi verso.
__________
(6)
Album de Fiestas de Nuestra Señora del Carmen, Moreda
de Aller, 1975.
Madre
e hija
Ahí
estáis para siempre estremecidas,
Jesús
Meneses os unció a ese cuadro,
con
el vestido azul o el amarillo
de
la espiga en agosto y de los sueños.
Hay
un sillón al fondo solamente
y
una alada cortina en una esquina.
Y
lo demás es tiempo y sólo tiempo,
cuajado
a contraluz en vuestras caras.
Las
manos, enlazadas contra el viento.
La
vista, concentrada o en asechanza;
camino
recorrido y un sendero
nuevo,
que está oteando el horizonte.
Igual
tranquilidad, igual destello;
unidas
para siempre y, sin embargo,
tan
puras y distantes como estrellas,
centro
ya cada una de galaxias
nuevas,
que han de surgir, tras vuestra estela.
Nunca
dos mundos más distantes fueron,
una
misma nostalgia e igual ensueño:
reposada
mirada, iguales manos,
intimidad
vivida al mismo tiempo...
A
veces os contemplo y siento un vago
temblor
de estalactitas por las venas.
A
don Pedro Villarta
(7)
Silbaba
contra el viento del Cantábrico
sus
suaves cancioncillas en la noche,
ya
viejas cantinelas toledanas
o
sones populares, aprendidos
a
fuerza de subir las escaleras
de
un puerto marinero de mi Asturias
con
cientos de marinos y de enfermos.
Llevaba
medio siglo allí arraigado,
con
su fonendo a cuestas y su boina.
Era
como un abuelo, que ya había
visto
nacer a todos los vecinos.
Conocía
a los buenos pescadores
y
a los que hablaban más de lo debido
y
tenía un Citröen pobre y viejo,
que
jamás arrancaba a la primera.
Cuando
murió no quiso panteones,
sino
una tumba humilde, junto al pueblo,
al
lado de los viejos pescadores,
cuyas
bronquitis crónicas curaba.
Después
-así es la vida- le pusieron
su
nombre y una lápida a una calle.
Y
Yo llevé conmigo a mis tres hijos
para
aprender esta lección de hombría.
__________
(7)
Médico Rural en el puerto de Lastres (Asturias), padre
de la escritora asturiana Angeles Villarta.
Mari
Carmen Mateos (8)
Quedaste
tan tranquila. Nadie supo
calcularte
los años, ni las lágrimas.
Parecías
más bella y aún más joven,
más
cercana a los sueños de la infancia.
Todos
fuimos a verte. Nadie pudo
contener
su emoción, ni su nostalgia.
Después,
cuando te fuimos despidiendo,
aparecieron
nubes en las caras:
el
mundo estaba manco sin tus manos,
sin
el vuelo febril de tus palabras.
Te
dejamos dormida suavemente
al
borde de un camino y de unas tapias,
cerca
de los gorriones, entonando
canciones
como pájaros en marcha
en
idiomas extraños, que no eran
ni
el francés de las clases cotidianas,
ni
el andaluz de siempre, ni siquiera
el
de madre y esposa enamorada.
El
viento y sólo el viento entretejía
cipreses
con silencios y añoranzas...
Y
una oración, a media voz, cuajando
gota
a gota la flor de la esperanza.
__________
(8)
Catedrática de Francés en el Instituto Alonso
Berruguete, de Palencia.
Elegía
por un gorrión
De
pronto apareciste allí en la acera,
tan
extraña a tu alada geometría, s
abe
Dios de qué viento abandonado
o
de qué golpe de timón partido
con
las alas plegadas bajo el cuerpo
y
el pico inerte sobre la pechera,
mirando
a las estrellas como un muerto,
con
más aspecto de hombre que de pájaro.
He
seguido el paseo, pero luego
he
vuelto muchas veces la cabeza
y
te he vuelto a encontrar entre mis sueños
tendido,
inerme y muerto en esa acera,
tan
lejos del amor, como un absurdo
desterrado
de todas las cosechas;
ínfimo
desperdicio para el carro
sucio
y mugriento de los barrenderos.
A
Ignacio del Río
Tus
flores, buen Ignacio,
de
generación cerebral espontánea,
tiemblan
aquí encendidas de colores
encharcando
de luces ¡a mañana.
Yo
sigo embelesado contemplando
su
enorme surtidor de luz y escarcha,
porque
sé que no hay flores sin espinas,
ni
anécdotas, ni sueños sin nostalgia
y
que tú, cuando pintas, sólo pintas
y
cuando cantas solamente cantas:
los
Cristos chorreando tu tragedia
y
hechos con tus entrañas maceradas,
las
flores, con dolor y las tormentas,
con
rayos y con truenos de tu alma.
Cristina
de Noruega
En
Covarrubias yace. A medianoche
hace
crujir al viento la campana
de
un barco, que camina con la proa
hacia
una luz curtida de esperanza.
No
halló el amor aquí en el sol hiriente
de
esta Castilla de sombrías hazas.
Y
espera, Dulcinea para siempre,
el
paso del amor hacia otras playas,
mientras
brillan al sol duras espuelas
y
el eco enardecido de las lanzas.
Alumna
Y
tú en tus hijas o en tus nietas vienes,
los
libros bajo el brazo en la mañana,
de
nuevo a clase, siempre sonriendo,
eternamente
joven e inmutable.
Yo,
en cambio, sigo aquí año tras año,
víctima
cada invierno de un achaque,
mientras
tú te echas novio, marchas, vuelves
y
apareces en todas las esquinas
repitiendo
ese gesto, que conozco
de
memoria desde hace tantos años.
Sonata
en tres tiempos
Como
ágiles gaviotas planeando en el aire
vuelan
sobre el teclado las rosas de tus manos
poniendo
un contrapunto de pátina plomiza
a
mi entreadormecida modorra de la siesta.
Te
veo entre olas blancas, jugando con la arena,
nadando
en la piscina, saltando en los columpios...
Por
la ventana, un rayo de esperanza, que anuncia
como
una estrella nueva la ruta del mañana.
Suena
al fondo la flauta intermitente y loca
de
Fernando, que corre y alborota la casa
con
sus juegos y risas y llantos y canciones,
como
una mariposa, sin ritmo ni armonía.
En
otra esquina se oye la jerga futbolística
de
la televisión que Jesu esta escuchando,
en
un soñar perpetuo con campos y con puertas,
con
botas y balones, con chandals y canastas...
Siguen
zumbando agudas las notas de tu piano,
como
insolente enjambre de abejas veraniegas;
la
flauta, gota a gota, entrecorta los sones
del
silbato y, los sórdidos micrófonos de ambiente...
Y
flotan sobre el aire, estelas perfiladas,
tres
caminos dispersos cortando la sonata.
He
vuelto a ver el mar y la montaña:
iguales
marejadas de leones,
igual
volar de cuervos y de águilas,
igual
también la risa acariciante
de
olas agonizantes en la playa.
Al
fondo, como siempre, pescadores
bogando
sin cesar desde sus lanchas.
Mas
no eran ya las mismas mis sonrisas,
ni
el canto de la mar, ni el de las aguas.
Ciudades
encharcadas, cuyo origen ignoro,
se
agitan en el fondo de todos mis recuerdos:
frisos
de pescadores con sus caras curtidas
por
el sol y la brisa de todos los océanos
y
jóvenes borrachas y perros vagabundos,
niños
incomprendidos o mineros, que bajan
con
su martillo al hombro cantando en plena noche,
y
espigadoras viejas de manos arrugadas
en
cuyos rostros llevan grabadas privaciones...
y
al fondo acordeones y guitarras y gaitas
bajo
un sol de justicia o con marea alta.
Nadie
sigue mi ruta, ni vigila mis pasos:
gorriones
v añoranzas anidan ya en mis hombros.
mientras
por los caminos cornejas y pastores
siguen
su rutinaria tarea cotidiana
y
los ríos esculpen, sin prisa, sus memorias.
Ronda
del Río Carrión
Homenaje
a Jorge Manrique
V
Centenario de las Coplas
Nuestras
vidas son los ríos
que
van a dar a la mar,
que
es el morir, ¡gran cantar!
Entre
los poetas míos
tiene
Manrique un altar.
Antonio
Machado
Paseamos
del brazo Yo y mi sombra
bajo
impasibles chopos centinelas
remachando
los clavos de tu puente
con
el eco tenaz de nuestras botas
por
ver si conseguimos por lo menos
acelerar
el ritmo de las penas.
Cruzada
la ciudad, ladran los perros
mientras
la sombra avanza jadeante
y
yo escucho pardales y jilgueros
que
me hacen renacer las esperanzas.
Después
retumban desoladamente
sobre
el Puente Mayor, toro de piedra,
nuestros
pasos poniendo a la corriente
un
ritmo de agonía irreversible.
Tiembla
sobre las aguas la alameda
y
algunas piedras de musgosos siglos
-la
catedral con su honda geometría
labrada
a contrapunto con paciencia
y
el viejo Puentecillas, cuya historia
conmueve
a la ciudad hasta los tuétanos-
entre
el ir y venir de los camiones
y
los turismos de veloz carrera.
Embelesados,
los enamorados,
desgranan
junto al agua amor y besos,
los
pájaros ensayan melodías
ahogadas
que no atan pentagramas
y
vuelven del paseo solitarios
viejos
cansados de arrugadas caras,
mientras
tu corazón y el mío vuelan
a
toda vela hacia profundos mares.
Hoy
han vuelto a llamar viejos vencejos
al
oxidado río del olvido:
han
venido los niños, me han besado,
no
he podido contar ya meses ni años
y
he perdido en la niebla mi expediente
con
todas mis anécdotas y méritos.
He
vuelto a recordar cuando volvía
tiritando
de frío de la escuela
con
mi cartera a cuestas, mientras lejos
pasaban
los viajeros en sus trenes.
Después
he recordado las aldeas:
largas
veladas con los ojos llenos
de
lágrimas y de humo y de sonrisas
al
ritmo de los cuentos socarrones,
el
pan recién sacado aún del horno,
el
tambor donde asábamos castañas,
el
mugir de las vacas del establo,
el
salto parabólico del ciervo,
el
cántico del búho en plena noche
y
el aullido del lobo en la distancia...
He
recordado muchas travesuras,
Pastor,
mi perro fiel, mi inseparable
sombra,
desde esta curva peligrosa
y
acaso ya mortal de los cincuenta.
Y
a ti, Tigre querido, cachorrillo
casi
como una bola gris y blanca,
mi
juguete más caro y que iba siempre
pegado
a mis talones por el campo
y
después, de mayor, tan agresivo
que
hubieron una noche de matarte.
Y
a la yegua Morica, cuyos potros
eran
como un relincho de la aurora.
Y
a la vaca Cereza, dulce y mansa,
que
hacía con La Guinda buena yunta.
Y
no olvidaré nunca en la mañana
la
diana floreada de los pájaros,
tras
cuyos nidos tanto tiempo anduve
corriendo
por los prados y zarzales
y
que ahora solamente son recuerdos
o
sombras del asfalto o porcelanas,
o
piezas de museo, disecadas,
o
un montón de colores en un cuadro.
Como
tampoco olvidaré las puertas,
antigua
pesadilla de mi infancia,
impasibles
a todos mis apuros
con
su roble de siglos y su aldaba,
tras
de las cuales Dios tal vez me espera
sentado
en su "tayuela" con su pipa
humeando
despacio, mientras lee
con
su calma de siglos los periódicos.
JESÚS
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