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Página
cultural del diario 
Número31.
19 de Mayo de 1983.
Gonzalo
Martín Santos: La Torre, el puente y el río
Cuando
se van a cumplir las Bodas de Plata de la aparición
de este curioso libro, segundo de nuestros dietarios íntimos
o líricos, nos interesa traer a estas páginas
un comentario que más bien es -además de la
efemérides- un curioso conjunto de circunstancias ajenas
al libro en sí.
Para
empezar el libro es "obra recomendada por el Tribunal
designado, por la Institución Telló Téllez
de Meneses y premiado por la Corporación Provincial,
con un accésit en el concurso literario de 1957".
La obra se publica en la, Imprenta Provincial en 1959, nueve,
años después de la aparición de la recientemente
reeditada Rapsodia de la Ciudad abierta.-Dietario lírico,
del periodista Valentín Bleye.
En
La torre, el puente y el río, el tono es más
íntimo desde la propia, entrada, con diálogos
siempre en boca del puente: "Cuando esta tarde, al caer
el sol, he visto mi silueta reflejada en las tranquilas aguas
del Río Carrión, me he dado cuenta de que, a
pesar de mis años, aún me conservo bien. Tengo
elegancia. Una elegancia cara; una elegancia de raza elevada".
"El
Puente Mayor también es señorial y elegante,
pero demasiado serio, y del Puente de Hierro
Bueno,
de ese es mejor no hablar. Produce la sensación de
ser el esqueleto de un barbo, igual que los que algunas veces
he visto flotando en el agua. Y luego tan fatuo, tan snob
-creó que así se dice ahora- y, ya pedante.
Me alegro que esté lejos. No aguantaría su vanidad..."
Así
de íntimamente se va expresando Puentecillas, un puente
viejo que no sólo enjuicia su importancia con respecto
a los otros puentes de nuestro río sino que además,
añora los viejos tiempos con sus orillas llenas de
muchachos que hacían novillos, que se duele de los
embates de los troncos que arrastra la riada de sus viejos
amores con la Torre de San Miguel:
"Torre
de San Miguel
novia
de Puentecillas..."
Un
libro viejo, en el plano, de las semiguías, de los
que tanto tenemos y que, si hoy traemos a primer plano, es,
sobre todo, por a belleza insólita de sus ilustraciones
fotográficas como la de esa estremecedora panorámica
de la catedral bañándose en el río o
el de esa lavandera no menos insólita en las renovadas
orillas ciudadanas del Carrión en las que uno encuentra
asimismo sin sentido, el actual Bolo de la Paciencia, ese
que estuvo a punto de desaparecer con la renovación
urbanística últimamente acometida y al que la
nueva Guía Ilustrada de Palencia (Ciudad), tan magníficamente
editada y tan bien realizada -Como ya hemos dicho en otra
ocasión: Noticias de Palencia, 5-5-83- describe como
típico mentidero de la ciudad, en el que "en remansados
y no muy lelianos tiempos, los hacejeros y lavanderas
descansaban aliviando la carga camino de sus casas".
De
esos remansados tiempos, de esos tiempos de amoríos
líricos entre Torre y Río, de esos tiempos -no
tan lejanos aun cronológicamente, aunque ya muy distantes
en el costumbrismo-, de esos buenos tiempos en que la falta
de medios ilustrados todavía se sustituía con
la imaginación de los poetas -de los que Palencia siempre
tuvo abundancia- es este Dietario íntimo en que, como
el autor anuncia en la entrada del libro, se escribe la historia
de algunos personajes que pasaron por estas nobles piedras,
"en distintas estampas líricas, llenas de contenido
poético y, humano...", escrito en ese género
de las "novelas cortas tipo dietario, así conocidas
ya universalmente, aunque no respondan al concepto clásico
de la novela".
A
lo curioso de la portada, que en sus elementos fundamentales
-puente, torre, río- ya Cesteros había reunidos
en la portada de la obra de Valentín Bleye y que hemos
venido viendo repetirse hasta la saciedad en nuestros libros,
hay que añadir la calidad de las fotografías.
De
Hoyos Casén y de Payá: no sabemos de cuál
es cada una y la prosa poética en la que el autor desborda
su intimidad.
Pero,
si hemos de quedarnos con algo de todo el libro, nos quedaríamos,
sin duda alguna, con esta gran foto en que Catedral y Bolo
de la Paciencia se abrazan entrañablemente, como inseparables
gigantes y cabezudos, en esta foto que tal vez hubiera permitido
reconstruir el Bolo en un. ambiente algo más próximo
a su realidad que ese mero pedrusco sin sentido para las nuevas
generaciones, ahora al menos conservado a la orilla del río,
y casi por puro milagro escapado a la barbarie de la máquina
y de estos tiempos acelerados y no precisamente "remansados"
que vivimos.
Poetas
de Palencia
Incluye
los poemas "Puesta de sol y un verano en un pueblo de
Castilla" de César Augusto Ayuso y "Visión
de La Puebla", de Roque Nieto Peña.
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