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Página
cultural del diario 
Número
34. 10 de Junio de
1983.
El
punto de vista: Tres
visiones polivalentes de Nozal
La
importante exposición monográfica de Tomás
López Nozal, que ya ha sido presentada por nuestros
reporteros, tiene a mi entender una faceta, que aquí
sólo se va a ejemplificar con tres de sus ciento y
pico cuadros. Es esta una reflexión limitada a Tres
puntos de vista solamente, dentro de la panorámica
general.
No
es la pintura de Nozal, en estos tres casos concretos, un
mero espejo a lo largo del camino -como diría Sthendal-
en el que se refleje la realidad de la vida, sino una consciente
deformación polivalente de unas a otras realidades,
que trasplantado de un ambiente a otro el tema superan, en
intención y en malicia (a mi inexperto modo de ver)
toda la realidad reflejada en esos espejos que van aún
más allá que los valleinclanescos espejos de
la Calle del Gato (del poeta cortesano Alvarez Gato), en los
que antaño nació el esperpento, "la deformación
de los héroes clásicos" contemplados en
esos dos espejos (convexo uno, cóncavo el otro) que
como resto de una antigua tienda de ferretería quedaban
hace años en el ruinoso callejón.
Yo
diría que en todo caso es tos espejos de Nozal serían
poliédricos y casi casi gigantes, como las bolas reflectantes
de las discotecas, con sus múltiples efectos de luz
y de mareo psicológico.
Pero
veamos -intentaremos ver el primer cuadro: Atena. Nada queda
en ella de la vieja dignidad mitológica como diosa
de la inteligencia y de la guerra. ¿Se trata sólo
de una desmitificación al uso? ¿De una simple
sátira como los célebres cartones dé
Goya? Creo que el espectador bien intencionado tendrá
que ir bastante más allá.
Empieza
el autor por confesar que acaso, subconscientemente, lata
el lejano influjo goyesco en el que hasta ahora no había
reparado. Sigue diciéndonos que la serie de personajes
mitológicos -el fiero CRONOS "personificador para
él de toda tiranía" ; HERMES. para el autor,
"el periodista actual"
están hechos
en homenaje a Pepe Hierro el entrañable y premiado
poeta, que tantas veces ha venido por Palencia últimamente.
La anécdota es vieja: obligado a inventar personajes
mitológicos para sobrevivir -a 30 pts. y bocadillo
por personaje- Pepe Hierro se inventó la increíble
burlándose de una mitología que el empezaba
a resultar rentable.
Con
Parecida intención de sátira, pero profundizando
desde, muy distintas perspectivas, Nozal hace lo mismo con
esta neomitología o, mejor, mitología muy personal
en que el pintor se recrea burlándose a carcajadas
fácilmente , audibles desde el mismo Olimpo.
Esta
zorra vieja. de casco caído como el de un borracho
o el de un payaso de circo, rebasa con mucho el neorrealismo
de los bajos fondos y la humana sátira goyesca. Supera
la desmitificación de la diosa. Rebasa las fincas del
antifeminismo triunfante que el autor quiere satirizar de
paso en el personaje. En la mirada burlona, en la sonrisa
sanguinaria de lobo, en las arrugas y la degradación
del rostro... se. conjuran unos poderes destructores del mito
que raramente se combinan en los iconoclastas de pacotilla
al uso. Más que un huracán, más que una
bomba atómica: el talento, la inspiración del
pintor, la embriaguez indominable del joven pintor llevan
la idea a una apoteosis de la destrucción de la diosa
Atenea, de su misma esencia femenina, de la idea de la guerra,
a la negación de la inteligencia... a unos abismos
muy polivalentes y en los que sólo se puede hurgar
ligeramente, si no se quiere llegar a la misma esencia de
la destrucción totalizadora -no sólo de la materia
o la forma, sino al cataclismo de las propias ideas-.
Rostro
con árbol
El
cuadro romántico por esencia, según el propio
pintor.
Pero
sobre el romanticismo esta inmensa riqueza imaginativa y creadora
de Nozal, el autor coloca una serie de simbolismos que intentaré
tan sólo perfilar.
Si
en Atenea se partía de una simple contraposición
inicial (diosa frente a mujer vulgarísima) para desencadenar
una serie ininterrumpida de oposiciones, aquí se parte
del insólito rostro que aparece en primer plano -saliendo
de la tierra o acaso aún dentro de ella- en contraposición
al no menos insólito árbol, en apariencia casi
normal.
Casi
normal si no tuviera la sombra grisácea y luminoso
-con multitud de connotaciones para el espectador- frente
a la habitual sombra negra. Normal, si no se te opusiera un
rostro también bipartido, con la zona de sombra en
marrón y la luminosa en sienas y azules y una expresión
andrógina indefinida por el contraste de ambas partes
de
la cara, aumentadas en la divergencia (mental que no meramente
física) de cada uno de los ojos.
Normal,
si. el paisaje de fondo no contribuyera a aumentar la sensación
de ensueño romántico y de extrañeza para
que el espectador del cuadro pueda sacar a su gusto una a
miles de sensaciones contrapuestas y -a la vez intranquilizadoras
e inquietantes, con ese árbol, ese rostro y ese paisaje
procedente de ensueños perturbadores y capaz de. producir
perturbadores estados de ánimo.
La
escala de una escalera
Más
bien habría que hablar de dos escaleras: una de madera,
flotante en el aire, con un paisaje de fondo oscuro, pero
perceptible, perdiéndose tras varias curvas, por el
fondo.
Y
la otra, la que nos interesa, mucho más consistente
en el primer plano, con piedras en el suelo bien perceptibles
y con los peldaños y la bóveda de sostén
en el arranque de la escalera de un realismo intencionadamente
resaltado, para perdérsenos muy poco después
en una gama de blancos, sin figura ninguna de fondo para disolverse
en una sinfonía de colores (rosas, grises, azules,
negros, verdiazules, blancos de contraste...) en una especie
de escala entre cromático-musical inmensamente sugeridora...
Sugeridora
-como en otros casos- de todo el mundo de sueños que
el espectador quiera o pueda o imaginar. Ahí está
insinuado (pero muy trabajado al mismo tiempo en sus elementos)
el cuadro ideal, el paisaje que cada espectador ha de rematar
forzosamente con el poder de su imaginación. El cuadro
sólo es -¡y ahí es casi nada!- una inmensa
puerta para la imaginación, una furiosa incitación
a la imaginación del espectador.
Tres
cuadros: - tres estilos, tres facetas complementarias de un
mismo pintor, que va desde el destructor de mitos, al soñador
romántico que roza el simbolismo -a veces sobrepasándolo-
y al incitador a nuevas visiones, al trabajó de colaboración
del espectador al qué se le clavan simbólicas
banderillas de fuego.
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