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Página
cultural del diario 
Número
35. 16 de Junio de
1983.
Bibliografía
palentina
Hojas
Concertadas. Poemas-dibujos. Graficinco S.A. Fuenlabrada,
número 1-Madrid, 1983.
Interesante
esta experiencia artística de Hojas concertadas, en,
cuyo número 1 -aparecido el 27 de mayo pasado- se dan
la mano, por orden alternativo, de aparición, los poetas
Julián Casado, JOSÉ MIGUEL DE LA FUENTE RUIZ
(palentino), Belén Rodríguez, Enrique Serrano
y los dibujantes o pintores Jesús Ballesteros, Manuel
Bustos, Ricardo de Lózar, Angel Luis Muñoz,
Pedro Pedraza, BLANCA PRIETO (palentina), José María
Tejeda Sánchez y Rubén Torreira. Hay una introducción
homenaje a José Ortega y Gasset.
De
los XV apartados del libro, los dibujos de nuestra pintora
(residente en Aranjuez) Blanca Prieto, ocupan el capítulo
VI y, el libro de nuestro poeta José Miguel de la Fuente
Ruiz, catedrático en el Instituto de dicha ciudad,
el V. Se, trata de la edición de Acento circunflejo,
libro que llevaba algunos años inédito.
Sólo
poner aquí, paralelamente poema y dibujo, para cuantos
sienten inquietud por nuestras cosas y por las cosas de nuestros
artistas de dentro y de fuera de casa.
Encarnación
Hernández Rojas
Segundo
premio de la Bienal de Escultura y Pintura de la Universidad
Politécnica de Madrid
Encarnación Hernández, que acaba de saltar a
la actualidad, con la obtención de este reciente premio,
nació en Casillas de las Flores en 1949 y estudió
el bachillerato en Salamanca.
Realizó
cursos de pintura y escultura con los profesores Alvarez del
Manzano y Núñez Solé, (que avivaron su
vocación, temprana por la escultura y por la investigación
artística de la naturaleza) y cursó la especialidad
de escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes de San
Fernando.
Desde
1979 es profesora de dibujo en el Instituto Jorge Manrique
y, desde 1981, Profesora. Agregada de dicha asignatura.
Aunque
apenas realiza pintura, pues las esculturas las realizó
directamente sobre el barro (sin bocetos previos) tiene diversas
maternidades, algunos bodegones con técnica mixta de
pastel y acuarela en los que predominan los tonos cálidos,
entremezclados con los dorados y los verdiazules. Y, como
en su escultura, el predominio de la figura humana, especialmente
de la figura femenina, generalmente angulosa, de cara muy
alargada y pelo muy rizado, normalmente en planos contrapuestos.
En los desnudos, una serie de grafismos superpuestos, vienen
a desdibujar la llamada hacia el sexo para arrastrar la atención
del espectador hacia la serena mirada de la protagonista o
hacia las anatomías desbordadas por las amplias y a
veces deformantes caderas Y las fuertes musculaturas, en claro
contraste con, la serenidad clásica -a veces hasta
totalmente griega- de algunas de las caras.
Entre
las esculturas podemos subrayar la serenidad pensante un tanto
estatuaria de este rostro de mujer, ganador del último
premio. El aspecto geométrico del pelo, contrasta con
las incisiones de los ojos y con la angulosidad de los pómulos
-apenas perceptibles- y en la trabajada zona de la boca.
En
otras, el pelo constituye un tercer espacio vertical casi
en su¿ totalidad para la elaboración de zonas
a escúlpir.Y, sin embargo, subrayados por el contraste
de los rasgos leves, que constituyen el encanto irresistible
de estas mujeres de Encarnación Hernández.
En
la Venus perhistórica de su reciente exposición
en la Sala Berruguete- resalta la musculatura -siempre relevante
en las mujeres de esta escultora-, el aire de sereno mando,
de gesto duro, como un aire de matriarcado gobernante, muy
por encima del tabú del sexo.
Entre
los barros todavía húmedos que hemos podido
contemplar en su pequeño estudio, donde la escultura
se libera de los avatares cotidianos, donde se pierde a su
gusto por otras galaxias y se le pasan, las horas sin verlas,
habría que destacar una figura de muchacha oferente,
con un ramo de flores en las manos, en posición dorsolateral,
que la escultora piensa colocar en la tumba de su recién
fallecida madre.
Tal
vez sería bueno decir que hay allí también,
en preparación, una máscara de mujer africana,
cuyo rostro tiene la penetrante mirada -serena, pero inquietante
a un tiempo- de las caras femeninas que trabaja la escultura.
Y, sobre todo, una maternidad o madre castellana, que condensa
la fuerza, la musculatura, el enfrentamiento con la dureza
del medio ambiente, la fecundidad y la ternura en un sólo
gesto, para más dificultad todavía, -sin subrayar
en las modernistas caras de la madre y el hijo que se funden
en un estremecedor y a la vez silencioso abrazo.
Si
añadimos que la casi totalidad de la obra la ha realizado
la escultora y prfoesora en estos últimos años
que lleva entre nosotros, tendremos que felicitarnos de que
esta incipiente, pero ya veterana escultora, haya afincado
entre nosotros y de que precisamente aquí, entre nosotros
haya empezado a participar en exposiciones colectivas como
la Itinerante del Consejo de Castilla y León -todavía
en circulación por diversas provincias- la de Ambito
(en Valladolid) o la muy reciente de la Sala Berruguete, que
afortunadamente ha venido a coincidir con la concesión
de este premio en la Universidad Politécnica de Madrid.
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