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Página
cultural del diario 
Número
36. 23 de Junio de
1983.
Retablo
minero
Milenario,
tal vez casi tan antiguo como el hombre es este duro oficio
de la minería. Oficio en que el músculo y el
corazón cuentan al cien por cien, en que el riesgo
está como una espada de Democles noche y día
sobre la cabeza, en que hay que jugarse el todo por el todo
en cada instante...
Milenario
también el espectro del arte intentando atrapar lo
inatrapable: el latido del hombre que aún en el, más
rudo de los trabajos sigue conservando su orgullo y su entidad
espiritual, sus valores humanos por encima de toda degradación
cosificadora, sobre toda opresión.
Milenario,
tal vez, ese grito que al cambio de relevos se oye hoy como
ayer -desde la noche de los tiempos- en las minas de La Unión
de Cartagena: ¡Caeenaa
! Acaso con reminiscencias
de la época en que los romanos explotaban esta minería
con esclavos.
De
la mina, de los mineros, sobre su especial idiosincrasia no
fácilmente captable, pues hay tantos mineros como minas;
tantos caracteres como colectivos humanos se ha escrito en
todos los tonos y colores.Bastaría recordar La aldea
perdida, de Palacio Valdés; El metal de los muertos,
de Concha Espina; Jirones de la mina, de Oscar Luis Tuñón;
o para citar dos novelas más próximas, La mina,
de Armando Salinas, y Los hombres crecen bajo la tierra, de
CarlosMaría Idígoras a quien su afán
de veracidad le llevó a trabajar en las asturianas
minas de Turón durante seis meses. Se podría
añadir Sexta galería, de Martín Vigil;
mis Romances de grisú; De la mina y lo minero, de Luciano
Castañón y otra larga serie de títulos
entre los que figuran obras teatrales, películas como
¡Qué verde era mi valle! y una larga nómina
de pintores y de escultores que han intentado en todas las
materias y formas plasmar el escurridizo tema.
Paradójicamente,
entre los artistas plásticos dedicados al tema, entre
los muchos que se lo han inventado o los que se han asomado
en traje de domingo algún día a una bocamina,
destacan -como es lógico- dos de nuestros artistas
palentinos: Brosio, Ambrosio Ortega, pintor de estremecedoras
e impresionantes visiones surrealistas de la mina; y Ursi(Urcesino
Martínez), escultor tremendamente realista del mundo
minero a quien acabo de conocer en la primera exposición
de su obra, actualmente en la Sala don Sancho, de la Caja
de Ahorros y Monte de,Piedad.
Pero
hablemos primero del hombre:. Ursi nace en 1932. No tiene
medios para desarrollar su principal vocación, desde
los 12 años talla ya a navaja (como los pastores) diminutos
muñecos de madera, como los monos-mechero; que echan
las chispas por la boca. Empieza a dibujar los retratos de
algunos amigos, aunque al no dominar las técnicas del
sombreado, resultan todavía dibujos planos y sin perfiles.
Son dibujos que a veces, sin embargo, rayan en lo clásico.
Sobre
los 18 años entra a trabajar en la mina (en Barruelo,
en el Grupo Barcenilla). Un día, en ratos libres, termina
su Cristo en roble, de tamaño natural-. Tiene
ya casi los 27 años. Se le concede una beca y se le
trasalada como ayuda que él nunca olvidará-
a Venta de Baños, donde en calidad de peón va
a descargar diariamente veinte toneladas de briqueta.
Por
entonces se, matricula en la Escuela de Artes y Oficios, donde
estudia con los profesores Mariano Timón, Julio Gutiérrez
y Mariano Manzano. Antes de las clases ha desempeñado
su duro peonaje en Venta de Baños. Ha vuelto en bicicleta
al barrio de San Antonio -donde entonces residía-,
ha asistido a dos horas diarias de clase particular. Después
realizará los deberes y los estudios: son tiempos de
dormir solamente cuatro horas.
De
1959 a 1961 aprovecha cuanto puede en su laborioso aprendizaje,
en el cultivo de su vocación fundamental. Como a Victorio
Macho en San Femando, no le faltaron a Ursi los compañeros
que le miran por encima del hombro, las sonrisillas maliciosas:
¡Qué, esto no es la mina, ¿eh?!
Pero
a fin de curso se llevó el premio extraordinario de
méritos.
Después
vinieron 10 años de emigración a Brasil (1961-1971).
Pero allí con su dominio del oficio de escultor se
acomodó -ya que al tercer día de su llegada-
con un famoso imaginero, exiliado español, con el que
realizó multitud de obras entre, las que destaca su
Milagrosa, cuyas manos llamaron la atención.
Luego,
vuelta a Aguilar, ha montado una tienda de perfumería
y en la trastienda un taller "modesto" de escultura
no, tan modesta: tres de sus maquetas figuran en el Museo
Arqueológico de Madrid; Santa María la Real,
de Aguilar de Campoo, Santa María de Melque, de -Toledo;
y San Miguel de Lillo, de Oviedo.
Un
constante trabajo diario (cinco horas al día más
o menos) le han permitido reunir una obra ya considerable,
de la que voy a destacar aquí la de tema minero, tema
casi monográfico en la actual exposición.
Para
empezar, decir que el instituto minero de Ursi le ha llevado
a colocar en la exposición un interesante mapa didáctico-,
un curioso plano de una explotación minera realizada
en relieve, y algunos de los bocetos, blanco sobre negro carbón,
de los principales oficios mineros.
La
fuerza expresiva y tremendamente realista de los hombres,
en su tarea es lo más sobresaliente. Estas tallas en
roble -"el material más abundante en el Norte"-,
me dice el autor; pero yo añadiría que también
un buen símbolo de la reciedumbre minera, -tiene el
conmocionante efecto de presentarnos al minero en su ambiente-.
No son figuras desgajadas del entorno. Son altorrelieves tallados
en el hueco previamente abierto en la madera, roble dentro
del roble como el minero es un trozo de tierra en la propia
tierra, hecho carbón con el carbón ambiente.
Fuera -en bronce- las mismas figuras adquieren otros perfiles
a veces incluso más artísticos; pero es aquí,
dentro de la propia mina en la que se les contempla enjaulalos,
amarrados a su duro destino para siempre, donde respiran su
mayor grandeza. Si a ello añadimos que las figuras,
con mucha frecuencia no aparecen solas, sino en el colectivo
trabajo de la tarea, diremos que adquieren un extraño
espíritu de grandiosa solidaridad difícilmente
sustituible.
Destaca
asimismo la variedad. No se trata, para citar un caso, del
picador estereotipado. Aquí, sin salir de esta breve
muestra podemos contemplar varias facetas del mismo oficio:
picador en el pozo, picador en testero, picador en la sobreguía,
picador haciendo el, nivel, picador y, rampero
Tal
variedad impresionante -con vocabulario netamente minero que
extrañará al profano- va acompañada de
otras tantas actitudes expresivas que contrastan, por ejemplo,
el detallado y tópico picador de pica en mano (nº1),
cuyos perfiles han sido minuciosamente subrayados, con el
picador en el pozo, donde no se ve sino el cuerpo y los poderosos
brazos del picador, sosteniendo un fenomenal martillo mecánico
que le relega a un total segundo plano con el imperioso predominio
de la máquina, de la tecnificación y si se quiere
hasta de la brutal deshumanización del trabajador,
en este caso incluso sin cabeza a la vista. La musculatura
del vagonero es otro ejemplo típico de esta subyugadora
escultura de Ursi. Si es el rampero, romperá por su
edad y anatomía con el tópico del "guaje"
que algunos confunden con adolescente.
Pero
todavía alcanza un nivel, superior de profundización
en los trabajos colectivos: la tira de madera, que superpone
tres mineros en una labor común; el barrenista y su
ayudante, en una postura estratégica para realizar
un trabajo difícil y duro...
Y,
por otra parte, los matices, como ese entibador en bronce,
todo bondad de artista en la cara, que recorta la madera con
precisión de artesano y cuya cara está relajada
por la satisfacción del trabajo bien hecho.
Tal
vez consciente de este su mayor éxito el propio artista
titula sus cuadros en unos significativos gerundios, cuya
permanencia y presencia se nos quedan grabados en la mente:
Barrenando en el pozo, Subiendo la madera en tira; Picando
en el testero...
Producción,
destajo, trabajo duro, fornidas figuras de mineros musculosos
en los que se acentúan los volúmenes (el autor
dice que así los ve en la oscuridad de los tajos).
Y, al fondo, la trama, el entorno de la madriguera, tan asfixiante
como si no tuviera su trampilla abierta para permitimos ver
la agobiadora jornada. Ellos, indiferentes, en su trabajo,
como si no nos vieran, siguen dándole al martillo o
nos vuelven olímpicamente la espalda. Ahí de
realistas, así de ajenos al espectador, así
de embebidos en su entorno, ese entorno sin el cual perderían
un gran tanto por ciento de su mejor virtud: su autenticidad
insobornable.
Curiosamente,
uno de los mineros muertos está fuera de su entorno,
tumbado en el suelo, que es el de la mina, pero que bien pudiera
ser otro cualquiera. Ajeno ya a su mundo de producción.
Cuándo vi el, simplista título (Accidente) me
asombré de la naturalidad con que se ve la muerte dentro
de la mina. Brosio, en un caso semejante, me había
dado igual título para el cuadro incluido en mis Tres
trilogías, que luego titulé "Muerte en
la sobreguía". En el cuadro de Brosio se subrayaba
la tragedia por una serie de mineros fantasmagóricos,
de impresionantes efectos de luz sus cascos en las sombras
y de acentuados tonos trágicos el cadáver del
accidentado tal vez, Minero muerto- en la más
absoluta de las desolaciones, casi como un árbol al
borde del camino, cuya tragedia ya no interesa a nadie.
Sólo
queda hablar de la perfección técnica. La fuerza
del tema y de los personajes viene aquilatada, por una perfecta
terminación de la escultura, a veces extrañamente
rematada, en el caso de las figuras humanas.
Así,
pieza a pieza, son como componentes de un gran RETABLO MINERO,
casi como ese magistral RETABLO DEL MAR, de Sebastián
Miranda que se puede admirar en laCasade Jovellanos en Gijón,
o, si se prefiere, como esas diminutas estatuillas del RETABLO
GREMIAL, de una historiada arquivolta de Santiago de Carrión.
Tal
vez a través de estos mineros de Ursi -¡pena
que no sean de tamaño natural!- se establezca y se
apriete aún más ese estrecho abrazo qué
pudieran darse el MONUMENTO AL PICADOR de Guardo con el otro
MONUMENTO AL MINERO de Urbiés, en los altos picos asturianos,
que campea por encima de Turón.
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