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Página
cultural del diario 
Número
38. 14
de Julio de 1983.
Elogio
de la lavandera
La certera copla popular sigue resonándonos todavía
en los oídos:
Paso
ríos, paso fuentes,
Siempre
te encuentro lavando:
la
hermosura de tu cara
el
agua la va llevando
Y
en los tiempos actuales, la imagen de la lavandera se va borrando
entre la niebla de la tecnificación, va perdiendo perfiles,
se la va tragando un torbellino de kilowatios y un huracán
de marcas publicitaria! introducidas en nuestros hogares bárbara
y masivamente -queramos o no queramos- al ritmo de la nueva
civilización, de la liberación de la mujer y
las continuas guerras internacionales, al ritmo del paro,
y de las multinacionales, al ritmo de esta agitada vida nuestra
de cada día que ha dado al traste con tantas y tan
entrañables figuras de unos tiempos ya pasados -no
siempre por fuerza mejores como quiere Jorge Manrique- en
que figuras cotidianas de ayer tarde nos queda en la mitología
del olvido.
Por
supuesto que a nadie se nos ocurre ya que las mujeres de nuestra
casa pueden coger el barreño bajo el brazo y largarse
hasta el Carrión para hacer la colada, aquella complicada
ceremonia litúrgica de nuestras abuelas y tatarabuelas,
llena de ceniza blanca y de operaciones supercomplicadas.
Y,
aunque alguna de ellas lo hiciera (por tantos miles de pesetas,
posando para un spot publicitario de TVE sobre determinada
marca de detergente) me temo que su esfuerzo y el de las cámaras
resultara igualmente estéril e igualmente. anacrónico,
porque el querido, el adorado, el mitológico NUBIS
de los romanos y sucio Carrión de cada día,
ya no es aquel claro espejo que un día contempló
don Luis de Góngora en un vespertino paseo por las
afueras de nuestra ciudad:
Las
aguas de Carrión
que
a los muros de Palencia,
o
son grillos de cristal
o
espejo de sus almenas.
No,
me temo que aunque los detergentes y las lavadoras superautomáticas
no existieran, no habría ya lavanderas capaces «de
sacar las ropas limpias de las pardas aguas del Carrión,
ese río con tanta gracia cantado por uno de nuestros
más grandes poetas modernos, Paco Vighi.
La
estampa de la lavandera que insertamos pertenece al libro
de Gonzalo Martín Marcos La torre, el puente y el río
(Página Cultural, 3l), libro que por tantos aspectos
a 25 años sólo de su publicación nos
presenta paisajes de una Palencia insólita como el
de esta lavandera "prehistórica" que emprendería
su camino de regreso al hogar, lavandera o tabla para lavar
y barreño, bajo el brazo, entonces por el destartalado
camino de la actual calle Salvino Sierra (a la derecha de
la Escuela del tío Pituso; a la izquierda el inhóspito
Instituto Viejo, más tarde grupo escolar) hacia el
aliviadero del Bolo de la Paciencia, entonces en las inmediaciones
de la catedral, aunque ahora yazca olvidado y sin que muchos
sepan para qué sirve en las inmediaciones de Puentecillas.
Allí,
sobre esa gruesa piedra a la que ha cantado en un soneto Félix
Buisán, descansaría la lavandera de sus fatigas.
Después, lenta y resignadamente, seguiría camino
hacia su casa con la entrañable carga de la colada
bajo el brazo.
Si
volviera hacia atrás la cabeza todavía vería
la catedral dormirse en el lecho del lío, reflejada
con toda nitidez como todavía se veía en algunas
fotografías nada lejanas, como podría volver
a verse si se consiguiese, en un sueño, ajardinar la
zona que va de Puentecillas a la plaza trasera de nuestro
mayor monumento.
Si
la mujer soñase, si se atreviese a ser hasta locamente
soñadora, podría imaginarse tibiamente templadas
las tantas veces heladas aguas del Carrión. Podría
como mucho imaginarse una pila con agua templada, previamente
llenada por imaginarias hadas protectoras. No podría
soñar con una máquina lavadora, con una automática,
con esos detergentes y esos desodorantes de los anuncios que
nos quitan el sueño, cargados como vienen de adhesivas
imágenes paradisiacas...
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