Palencia
en la poesía de Jesús Castañón
María
Ángeles Rodríguez Arango
Versión
en inglés
Texto
de la intervenciónen el III Congreso de Historia
de Palencia, presentada el 31 de marzo de 1995.
La
obra literaria constituye una fuente de conocimiento y posee
una racionalidad específica. Ilumina las capas más
hondas de la realidad, que están ahí, pero
que son descubiertas con mayor lucidez por cada escritor.
Según
A. López Quintás (1)
la obra literaria es lugar privilegiado de encuentro del
hombre con las diversas dimensiones de lo real. Es conveniente
revivir el proceso de gestación, buscar razones biográficas
o presentir los motivos que han hecho fijarse al autor en
determinados detalles que luego elabora de forma personal.
Palencia
y sus gentes tendrán distintas irisaciones según
la luz e intensidad que cada poeta les confiera.
Jesús
Castañón llega a Palencia en el verano de
1962 como profesor del Instituto Jorge Manrique. Nacido
en Asturias, el contraste del paisaje castellano con el
natal le produce honda emoción. Las llanuras inmensas,
las lontananzas, le hacen sentirse empequeñecido.
También le sobrecoge el silencio y la sensación
de soledad infinita. Estas mismas llanuras, lo mismo que
el mar, serán vistas en ocasiones como grandes símbolos
de trascendencia y darán lugar a graves meditaciones.
Canta
al paisaje, los monumentos, las gentes con las preocupaciones
que les invaden, al lado de faenas y hechos cotidianos.
En
primer lugar, siente a la ciudad como un espacio agridulce,
reposado, en el que transcurren las horas y los siglos viendo
pasar a los seres humanos afanados en su quehacer diario.
Ese
conjunto urbano está presidido por dos torres y un
montón de casas apiñadas en torno suyo, bajo
su amparo. Y añade:
Lo
mismo son tus pueblos: sobre el eje
de
la torre, las casas compactadas.
Tal
visión coincide con la representación esquemática
de la ciudad palentina de un cuadro de Fernando Zamora,
que le. había impresionado mucho. Por eso dice en
un poema que dedica al pintor:
...
Como el río Carrión vamos dejando
anécdotas
y torres sobre el agua
de
esta Palencia de silencio y piedra
y
ternura jamás imaginada,
reducida
a unas casas y a dos torres
-síntesis
pura de ardua pincelada-,
al
paso inexorable de los siglos
y
a una media docena de palabras:
Palencia
en cuatro planos
y,
sin embargo, entera en cuerpo y alma.
El
encuentro amoroso con lo cotidiano nos invade al escuchar
el ruido mañanero de un carro que venía a
la ciudad en las frías madrugadas del invierno. Su
monótono traqueteo, finamente evocado en las rimas
agudas de los eneasílabos pares, se corresponde con
el somnoliento despertar del, poeta:
Cada
mañana casi en vuelo,
como
un preciado carillón,
escucho
el carro del lechero
ir
salpicando su canción.
Luego
me duermo, sigue el viento
entre
la niebla del balcón
entretejiendo
olas y sueños
con
la caricia de su voz.
Cuando
despierto, nunca entiendo
el
laberinto del reloj.
Los
paseos a la orilla del río dan lugar a meditaciones
sobre la fugacidad humana y el eterno retorno de los ciclos
vitales en la naturaleza que le rodea:
Paseamos
del brazo yo y mi sombra
bajo
impasibles chopos centinelas
remachando
los clavos de tu puente
con
el eco tenaz de nuestras botas
por
ver si conseguimos por lo menos
acelerar
el ritmo de las penas.
(...)
Tiembla sobre el agua la alameda
y
algunas piedras de musgosos siglos
-la
Catedral con su honda geometría
labrada
a contrapunto con paciencia
y
el viejo Puentecillas, cuya historia
conmueve
a la ciudad hasta los tuétanos-
entre
el ir y venir de los camiones
y
los turismos de veloz carrera.
Embelesados,
los enamorados
desgranan
junto al agua amor y besos
(...)
y vuelven del paseo solitarios
viejos
cansados de arrugadas caras,
mientras
tu corazón y el mío vuelan
a
toda vela hacia profundos mares.
Los
lugares citados tienen como punto de referencia el río
y sus proximidades de uno y otro lado. Gozamos del paseo
bajo los álamos, del frescor del agua y de las imágenes
de edificios reflejados en ella. Destaca la Catedral, Puentecillas
con su poder evocador, y el Puente Mayor, lugar de intenso
tráfico en aquellos años. Aún no se
habían llevado a cabo las vías de circunvalación
y en los meses de verano surgía el embotellamiento
para atravesar la ciudad, porque eran muchos los emigrantes
que venían a pasar las vacaciones con el coche repleto
de familiares y enseres.
Contrasta
la paz del paseante al atardecer por tan idílicos
lugares, disfrutando de la belleza del entorno, con el tráfago
y el nerviosismo de los conductores colocados en largas
filas de espera para alcanzar la salida por la carretera
de León o viceversa.
Al
mismo tiempo se percibe una sacudida al contrastar el ajetreo
de las gentes con el lento e inexorable fluir del río
hacia la muerte. Su compañía es la sombra,
identificada con la muerte propia, que nunca podrá
alejar de sí.
Se
fija en las construcciones, ya que la ciudad ha sido totalmente
renovada. Una grúa, como una roja pata de cigüeña,
brilla en el Barrio de la Puebla, entre las calles de Colón
y Teniente Velasco, totalmente remodelado en los años
setenta:
Roja
cigüeña, la grúa
eleva
al cielo su pata,
mientras
gira que te gira
coqueta
y enamorada.
Un
estremecimiento le sacude al ver destapadas las habitaciones
interiores de las casas en ruinas, donde otras gentes han
sufrido pudorosamente y solucionado sus angustiosos problemas
vitales. Nuevas generaciones habitarán los mismos
espacios con un recuerdo quizá muy lejano para quienes
les han precedido. El poeta avivará el paso para
dominar la emoción:
A
todo trajinar giran las grúas
en
todas direcciones, con urgencia
de
ambulancia que trae en los ladrillos
la
roja sangre para vidas nuevas.
Hay
casi intimidades de quirófano
latiendo
bajo capas de pintura.
(...)
Y, sin querer, aprieto un poco el paso
volviendo
la cabeza hacia otra parte,
mientras
piquetas insensibles siguen
derribando
a destajo el barrio antiguo.
Durante
años, hace paseos diarios de varios kilómetros
y sus preferencias se centran en contemplar silenciosamente
la ciudad desde el Monte El Viejo (la Casa Pequeña)
o desde el Cristo del Otero. A este último le dedica
un poema del que tiene publicadas varias versiones. Estimo
más completa la incluida en el libro Palencia
piedra a piedra(2) que
lleva por título "Cristo de las palomas".
Ve el interior de la imagen como un inmenso palomar sagrado,
desde donde se esparcen por la ciudad, sembrando paz y amor,
por el cerro y los alrededores. A él vendrán
desde lejanas tierras los emigrantes y las gentes obligadas
a abandonar temporal o definitivamente el lugar de origen.
Federico
Carrascal realizó una exposición de palomares
en la Caja de Ahorros Popular de Valladolid en 1979 en la
que acompañaba cada dibujo con el poema correspondiente.
La idea de la estatua-palomar era chocante, pero se basa
en las palabras del escultor que en sus Memorias
(3) aclara cómo penetraban
palomas por las concavidades de los ojos para anidar en
el interior de la cabeza:
Cristo
de las palomas: huracanes
de
palomas volando contra el viento,
buscando
las bodegas de tus ojos
para
incubar la paz en tu majuelo,
en
el azul remanso de tus manos,
en
los hondos nidales de tu pecho...
Cristo
de las palomas: cataratas
de
palomas en celo sobre el cerro,
sobre
los trenes en el alba, sobre
la
Huerta de Guadián, sobre Correos,
Las
Claras, San Francisco, el Instituto,
La
Nava, San Miguel, el Monte El Viejo...
Palomas
que han cruzado otras fronteras
vuelven
al palomar de tu recuerdo
inundando
de besos zureantes
la
calcinada arcilla de tus huesos,
tu
adusta soledad de piedra-páramo,
la
luz embriagada de tu yermo...
Cristo
de las palomas: solidario
palomar
inviolable del Otero.
Asimismo
canta al campo y al paisaje de la provincia, rastrojeras
y trigales contemplados generalmente desde el tren en sus
frecuentes viajes de fin de semana, cuando se acerca a Palencia
en su destino docente.
A
final del curso 1962-63 gana la Oposición a cátedras
de Instituto y desempeña su trabajo en diversas ciudades
antes de volver al Instituto Jorge Manrique en 1966.
En
estos años redacta los originales de tres libros:
Rueda del girasol, Pirueta blanca y Cancionero
de proa. Los dos primeros fueron publicados en la colección
Rocamador en 1964 y 1967 respectivamente; el tercero en
Gráficas Diario-Día, en 1967 también.
Todos dejan sentir la añoranza por Palencia, donde
está la familia, y con más intensidad era
Pirueta blanca, puesto que son 33 poemas dedicados
a la hija pequeñita que le espera emocionada, dispuesta
a salir de paseo por la ciudad, por las orillas del Carrión,
parloteando sin cesar y queriendo saber los porqués
de cuanto le rodea.
El
frío del invierno se ve reflejado en muchos poemas:
en los álamos de las orillas del río, en las
heladas eras o en la bonita descripción de la estación
palentina en la que hacía su espera en la medianoche
del domingo:
La
garra de la niebla se cernía
con
su bota de plomo por mi tacto.
Ni
en el andén el aire se dormía
ni
florecía el sol sobre los campos.
Tan
sólo las bufandas se movían
en
rítmicos paseos solitarios.
Una
vez instalado en esta ciudad, comienzan las graves meditaciones
sobre la muerte, que darán lugar a la Trilogía
de la muerte (1973). Una mañana, de repente,
vio un Cristo tendido en la Plaza Mayor, moribundo, encarnado
en un hombre del siglo XX:
Allí
te vi tendido, de repente,
con
tu rostro tranquilo y tu sonrisa,
sordo
a toda blasfemia y al continuo
rugir
de los motores y los claxons...
(...)
Aquí quiero pensarte, aquí te tejo,
bajo
esta leve sombra recostado,
mientras
se clava el sol en los trigales
y
la luz reverbera en los pantanos
(...)
Te tengo tan desnudo que quisiera
un
poco de piedad para mi espanto.
Hay
ovejas al fondo y suena un perro
ladrar
mil injusticias contra el campo.
Si
Tú no mueres, todos moriremos.
Si
Tú agonizas, brotará mi canto.
Comienza
la adoración de las "gentes cuyos ojos taladran
las paredes cuando hablan, hombres de tierra seca, cuyas
manos apenas si se mueven como estatuas, que hablan con
voz serena y dejan honda la semilla en el surco enraizada
y pastores que tienen de plomo y de silencio la mirada.
Vendrán los agosteros, los segadores, los mutilados
en los campos de batalla... Y yo vendré con ellos
a Castilla donde el silencio quema en la garganta".
El
silencio es un elemento que Jesús Castañón
ha vivido intensamente en Castilla, hasta el punto de que
titula una conferencia suya sobre la propia obra poética
Trayectoria y sentido de mi silencio que luego publica
como folleto el año 1969 en Gráficas Diario-Día.
El
silencio como eje de su poesía fue apuntado por J.
P. Howell en su trabajo La visión poética
de Jesús Castañón (4)
y por José María Fernández Nieto(5),
al señalar la idea central de cada uno de los poetas
de Rocamador, en un estudio conmemorativo de los 25 años
del grupo.
Jesús
Castañón encuentra en el silencio del campo
castellano un resonador de grandezas y de soledades profundas
del ser humano. A este sentido remite el título de
su último libro Tierra de lontananzas, publicado
un mes antes de morir.
No
sólo la religiosidad de estas gentes, sino su espíritu
de trabajo y lucha contra adversidad queda patente en los
poemas que evocan a los emigrantes, a los agosteros, o a
los que sufren injusticia por la extrema pobreza:
No
me quitéis los pájaros que quedan
volando
noche y día sobre el páramo.
No
me quitéis las flores, arraigadas
con
dulce obstinación entre las piedras.
No
me robéis el ocre de los surcos
ni
la paz interior de cada ocaso.
No
me arranquéis del alma los majuelos,
ni
el canto del milano entre las zarzas.
Y,
frente al abandono de los pueblos en los años sesenta
y setenta, aparece un resquicio esperanzado y surge el canto
al trabajo solidario:
Todos
al mismo ritmo:
los
pies descalzos, todos
pisando
los racimos.
Todas
las manos, todas
segando
iguales campos:
todas,
todas las manos.
Que
con el ritmo nuevo
crezca
la, espiga, el canto
y
el mosto de cada pueblo.
Finalmente,
el poeta fija su mirada en la mujer castellana en general
y palentina en particular. Para la castellana se detiene
en las contrapuestas cualidades, a veces difíciles
de compaginar, como el amor y la dulzura junto con la energía
suficiente para el mando y el empuje del trabajo duro; profunda
religiosidad y esperanzadora aceptación del trance
amargo ocasionado por la ausencia de los hijos que se desparraman
por el mundo, al lado de la gracia y compostura que mantiene
con firme arraigo en su estirpe y en los suyos:
La
tierra de tus manos, rubia espiga
la
hogaza de tu amor, un pan sabroso;
tu
voz, acariciante, dulcemente
templada
en suficiencia para el mando.
Clavada
al corazón y a la garganta
con
el dolor del surco y de la espuela;
mujer
profunda, nunca te derramas
inútilmente
entre los secos cardos.
Fiel
a tu esencia, sigues inundando
con
tu oloroso vino las bodegas,
mientras
que tu oración remonta el cielo
como
un halcón en todas direcciones,
como
una flecha en busca de tus hijos
aventados
por todas las fronteras.
Y
tu gracia total, imperceptible
acaso
en la distancia y en la sombra,
está
tostada al sol bajo las hoces,
curtida
en el amor de tu honda estirpe.
El
"Romance de las madres palentinas" fue leído
en el Teatro Principal con motivo de las fiestas de San
Antolín en 1975. La versión publicada hasta
ahora está reducida. La original fue leída
de nuevo en el
II Memorial de Poetas Palentinos organizado por
el Club de Amigos de Alemania en noviembre de 1993.
Jesús
Castañón se ha hundido en las realidades del
entorno y ha programado con lucidez su vida de trabajo en
favor de los demás. Ha mantenido siempre hacia la
tierra y las gentes palentinas una actitud acogedora y reverente,
y se ha visto entrañablemente correspondido. Una
mirada bondadosa le hace situarlos en un contexto de resonancias
históricas, con las casitas acurrucadas en torno
a la torre -castillo o iglesia- al pie de una colina o de
una loma, y son gentes graves, pensativas, que meditan el
profundo sentido de la vida y las posibilidades de mejora
que cada momento les puede ofrecer.
El
poeta se adentra en la tierra donde vive y su obra es el
producto de su intimidad y sentimientos.
__________
Notas
(1)
LÓPEZ
QUINTÁS, Alfonso: Análisis estético
de obras literarias. Madrid, Narcea S.A. de Ediciones,
1981, págs 17 y 35-36.
(2)
Palencia piedra a piedra. Recopilación, introducción
y notas de Jesús Castañón. Palencia,
Caja de Ahorros y Monte de Piedad, 1983, pág. 313.
(3)
MACHO, Victorio: Memorias. Madrid. G. del Toro, editor,
1972, pág. 140.
(4)
HOWELL, Julia Patricia : La visión poética
de Jesús Castañón. The University
of Western Ontario. London, Ontario, 1988. (Trabajo presentado
para la obtención del grado de Master of Arts). Inédito.
(5)
FERNÁNDEZ NIETO, José María: "Castilla
en los poetas palentinos de Rocamador". Publicaciones
de la Institución Tello Téllez de Meneses,
número 44. Excma. Diputación de Palencia,
1980, págs. 416-418.
JESÚS
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