Jesús Castañón

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Página Cultural 24

Página cultural del diario Noticias de Palencia

 

Número 24. 31 de Marzo de 1983.

Los poetas y Victorio Macho

Hay dos Cristos famosos en Palencia: el Cristo de las Claras, el de la leyenda de su aparición sobre las aguas del océano y su traslado a hombros de los soldados del Almirante de Castilla, que subyuga a los turistas, incluso por la tenebrosidad del rincón de la iglesia de las Claras en que se venera, ya famoso mundialmente desde el poema de Unamuno:

Este Cristo cadáver

que como tal no piensa

Cuajarones de sangre que no fluye,

tierra, tierra, tierra, tierra...

y el Cristo del Otero, la genial obra de Victorio Macho, que en el sentir popular viene simbolizado -casi como un repetidor de simpatías- la austeridad castellanísima de Palencia.

Son algo así como los dos polos de Castilla: la vertical del chopo, de que hablaba Ortega, y la horizontalidad que representa el galgo. Algo así como los dos catalizadores de la inspiración poética palentina, especialmente en torno a la Semana Santa.

Si tras el poema de Unamuno coaguló un auténtico aluvión de poemas en el que están prácticamente representados todos los poetas, desde Gabino Alejandro Carriedo a José María Fernández Nieto, el Cristo del Otero ahora restaurado y con los brazos abiertos para recibir bajo sus plantas generosas el legado espiritual de Victorio, cuyo cuerpo ya reposa allí no ha sido objeto de menor homenaje.

Lástima y grande que el público, el gran público no se haya sensibilizado todavía, que no haya oído la voz de sus poetas, que no haya sentido ese tirón fuerte por lo nuestro que en todas partes estalla como un grito.

Ojalá, -tal vez aún no sea tarde- arraigue ese mensaje de paz que brota de las manos del Cristo:

Cristo de las Palomas: cataratas

de palomas en vuelo sobre el cerro,

sobre los trenes en el alba, sobre

la Huerta de Guadián, sobre Correos (...)

Ese Cristo del Sermón de la Montaña del que el propio Victorio Macho cuenta en sus Memorias que se quedó extasiado viendo entrar y salir las palomas por sus ojos.

Ese Cristo al que los poetas de Rocamador dedicaron en 1966 el número 43 de su Revista, como un homenaje conjunto al escultor -que gustaba de combinar la pluma con el buril y la maza- y al Cristo, a cuya sombra descansa para siempre el gran artista:

Pulso a pulso, Victorio de Castilla

le has encontrado el sitio a tu locura:

alzaste a Dios en tierras de Palencia.

Ya ahí los dos: tu horizontal que sueña

los azules caminos del trigo y de los chopos.

El, sobre ti, espadaña, que es más que luz, o piedra,

que se afinca en la mar poderosa de tus páramos.

Esta mar poderosa de los páramos palentinos, en que ojalá podamos ver y oír, tocar y soñar, contemplar y admirar esa gigantesca obra escultórica de Victorio Macho, ese genio nuestro no sólo olvidado sino ya agraviado en la indefensa mano de su obra, en lo más entrañable de su corazón, en las sagradas manos de la estatua de la madre, ante la que el escultor rezaba a diario antes de empuñar cada mañana su maza creadora.

Aquí, desde Palencia, desde donde los poetas le rindieron el temprano y merecido homenaje de Rocamador, el breve homenaje del cincuentenario del Cristo del Otero (El Diario Palentino: 13-6-1981) y el sincero homenaje juvenil de los estudiantes de bachillerato (Revista Jorge Manrique, números 1 y 3). Aquí donde descansa su cuerpo y donde tal vez -ojalá- algún día descansará su obra, la obra entrañable de un palentino universal.

El Cristo de las Claras

Dientes de ajusticiado, purulentos

ojos en unas cuencas desguazadas,

negro adefesio en medio de la noche,

cuerpo desvencijado a culatazos:

los hombros como cepas arrancadas,

las costillas chatarra de los tanques,

los pies un submarino echado a pique

vomitando piedad a cuajarones,

la lengua soledad apisonada

a orillas del Carrión, Tierra de Campos...

* * *

Cristo del ahorcado: todo el pueblo

en torno al blanco rollo de la plaza

reclamando justicia a borbotones

con implacable sed de muerte y sangre...

Ni un temblor, ni un suspiro, ni una lágrima

en medio del tambor y los latines.

Y a medianoche, con el viento en frente,

tu desnuda silueta miserable.

La incomprensión, como un muro ciclópeo,

cayendo a plomo sobre tu cabeza.

Como un perro rabioso, tu silencio

mordido por relojes y mastines.

Y un fuerte hedor a buitres, como un dardo

clavado a contragolpe en las conciencias.

* * *

Y hay quien te sueña vivo, inexpugnable

capitán de estos páramos de escarcha.

Y quien oye esqueletos de caballos

galopando al encuentro de tus huestes.

Y hay quien te sueña monstruo submarino,

galápago tal vez o diplodoco,

con tu extraña coraza a cuajarones

saliendo desde el fondo del abismo,

con ojos donde laten maremotos

ancestrales y lavas milenarias.

Y hay quien se queda ronco contemplando

la sarmentosa llaga de tu boca,

tu vientre de lobera devastada

a sangre y fuego, sin piedad ni espanto...

Y quien te mira y huye y no resiste

el duro crepitar de tu mirada,

tu maloliente aliento de mazmorra

y el tremebundo gesto de impotencia

de tus brazos caídos contra el cuerpo...

* * *

Tú, Cristo de la Muerte, imperturbable,

mullido en recamados edredones,

como un imán para el dolor sin fondo

de estas gentes sin gestos ni pancartas.

Tú, Cristo de la Muerte, inamovible

en tu urna de cristal, amarillenta,

como un cirio de cera incandescente

en perpetua vigilia por los muertos.

Tú, Cristo de la Muerte, cuerpo a tierra

como las densas aguas de un pantano

tajamares abajo, como un río

de sangre de los pies a la cabeza.

Tú, Cristo de la Muerte, marginado

en este hondón de páramos y cárcavas,

como un mugriento espejo embalsamado

con llantos de emigrantes y peones.

* * *

Y hay quien te observa y avizora al fondo

de tan densa injusticia acumulada

tu corazón creciente cráter blanco

flotando en el aljibe de la noche.

Tu corazón, tabón entre los coros

de miel y de azahar de las clarisas.

Tu corazón, trigal acribillado

de cardos borriqueros y amapolas.

Tu corazón, cachorro amedrentado

en medio del nublado, como un grito

de auroras boreales y vencejos,

como un aullido en medio de la nieve,

como un rayo de amor cárcel por cárcel,

como una enredadera enfurecida,

como una catarata de cigüeñas...,

como un banco de niebla y de gaviotas,

galaxia por galaxia en nuestro sueño.

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